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4

Author: Cassandra Hart
"publish date: " 2020-11-06 11:38:07

Narrador Omnisciente

Mientras Dante se iba del hospital Antonio se acostó con ella en la cama, la puso contra su pecho y ahí acariciándole la espalda, la arrulló para que se durmiera. Esta mujer era su mujer y dejarla ir era la cosa más difícil que haría. Pero como líder de la familia, como cabeza de los Lucchese era necesario. Las palabras de Juliana probaron que, aunque no se alejara, ella no iba a escogerle.

 —Lo amo.

 —Lo sé cariño y me alegra.

 —Siento que te traiciono.

 —No es así. Para mí era importante que Dante hallara a la mujer que le daría la felicidad que anhela. Los escuché y me parece bien que tengan su propio espacio. Aunque no seamos más que cuñados, te quiero. Te querré siempre porque me lo trajiste de vuelta. Y siempre seguirás siendo mi protegida.

 —Tengo sueño.

 —Duerme mi niña duerme.

Dante llegó a la bodega donde los tenían. Ambos amordazados porque odiaba escucharlos gemir. Tomó un bate y asestó un golpe seco a las costillas del joven.

 —Le fisuraste cuatro costillas.

Un golpe al tobillo, otro a la mano y repitió dosis con el anciano.

 —Déjenos ir, mi otro hijo…

 —Su otro hijo murió. Ustedes han perdido el derecho a respirar, desde el momento que pusieron los ojos en mi mujer.

Sacó un arma y les dio un tiro de gracia. Luego solicitó a su personal reunirse con él.

 —Juliana espero, será mi esposa. Necesito a seis de ustedes como su sombra todo el santo día.

 —Sí señor.

 —Van a cuidarla y a asegurarse que ni una sola cosa llegará a ella. Saldré a menudo por negocios y necesito saberla a salvo.

 —La muerte de estos nos hace estar más cerca de problemas con su gente.

 —Vas a enviar los cuerpos junto con la medalla de los Lucchese. Necesitan recordar que deben dejar de meterse con nosotros, sino sufrirán el mismo destino que estos dos. Si quieren seguir haciendo negocios con nosotros, deben dejarse de mierdas en contra de mi mujer.

Como aún faltaba un poco para regresar con ella, la llamó al teléfono de Antonio.

 —Hola cariño.

 —Aun no regresas.

 —No, me faltan algunas cosas. ¿Mi hermano te está cuidando bien?

 —Bien, estamos teniendo sexo desenfrenado.

 —Bien, entonces disfruten.

 —Te amo. No te lo dije antes, pero saber que ya puedes ver me alegra mucho.

 —Te lo debo a ti dulzura, pórtate bien.

 —Mucho no puedo hacer, me duele.

 —¿Te fue a ver el medico? Si no te atiende bien me lo dices y buscamos a otro.

 —Acaba de estar aquí, el hombre los conoce a ambos, pero temblaba mientras Antonio le gruñía porque me dolió cuando revisó la nariz.

 —Así debe ser.

 —¿Tú tienes mi relicario? Me pareció que lo llevaba cuando me secuestraron, pero ahora que lo recuerdo, no lo he visto.

 —Lo tengo yo, cariño. Estaba suelta la cadena y lo traje a reparar, estaré pronto ahí contigo.

Sosteniendo el relicario, «que estaba en perfectas condiciones» se bajó del auto y entró al orfanato donde creció Juliana. La madre superiora esperaba su visita, pues la había llamado una hora antes.

 —Bienvenido señor Lucchese.

 —Gracias madre superiora, por recibirme con tan poca antelación. Quisiera saber qué información hay sobre la mamá de Juli.

 —De ella no mucha, pero su llamada, esa ha sido providencial. Hace un mes estuvo aquí la hermana mayor de Juliana.

 —¿Una hermana?

 —Así es, tiene un relicario idéntico al de Juliana. La historia completa no la sé, tengo su número de contacto pues le prometí que le avisaría si Juliana me contactaba.

 —Juliana está en el hospital, se quebró la nariz y mi hermano la acompaña mientras me encuentro aquí. Quisiera conocer un poco el lugar y si me lo permite, ofrecerme como patrocinador.

 —Dios le bendiga, señor Lucchese.

 —Dante, llámeme simplemente, Dante.

El lugar necesitaba una intervención a prisa, pintura, reparación eléctrica, mejor mobiliario e insumos para los bebés.

 —Creo que mi futura esposa disfrutará poder venir a verla y ser quien se encargue de comprar lo que se necesite.

 —Será un gusto verla de nuevo. Y gracias por todo.

Una vez en el auto, llamo a la hermana de Juliana.

 —¿Si?

 —¿Es el número de Sabrina Spencer?

 —Sí, claro que sí.

 —Mi nombre es Dante Lucchese. Juliana tu hermana es mi pareja. Aun no le he dicho que te encontré pues quisiera conocerte, entender la historia de su pasado y si me parece que tus intenciones son buenas y que no traerás mierda a su vida, te dejaré verla. Espero que no te moleste.

 —Para nada, me alegra saber que mi hermanita está tan protegida. ¿Puede venir a mi casa?

 —Sí, dame la dirección y llegaré inmediatamente.

La casa, situada a las afueras del centro, era pequeña, humilde pero bien cuidada. La joven era idéntica a Juliana, aunque se notaban los cuatro años que le llevaba. Un golpe en su mejilla maltrataba la piel de su cuñada.

 —Pasa por favor.

 —Gracias.

Sabrina le sirvió un café y le contó su historia.

 —Crecí con nuestra tía abuela, Lourdes, papá murió en el cumplimiento del deber.

 —Lo siento.

 —Gracias, de todas formas, fue en aquellos años. Mamá no lo pudo superar y se fue de casa abandonándome. Por suerte la tía abuela era joven y asumió mi crianza. Nunca supe de ella y hace unos años cuando Lourdes murió, quise encontrarla, saber si vivía, el detective que contraté descubrió el orfanato y a Juliana. Mamá falleció poco después de entregar a Juliana. La madre superiora supo que era Juliana a quien buscaba porque el relicario de ambas es igual, con la diferencia de que el mío tiene la otra mitad de la foto, en la mía aparece papá.

 —¿Vives sola?

 —Si.

 —¿Te ata algo a este sitio o puedes irte?

 —Económicamente me es imposible, es todo lo que tengo. Soy pintora y expongo mis cuadros en una pequeña galería, pero no me deja tanto como para pagar con un lugar.

 —Tú eres hermana de Juliana y debes ir conmigo. Nuestra familia es poderosa, somos parte de la mafia italiana.

 —Lo supe cuando me dijiste tu apellido, pero como sonabas tan protector con mi hermana, de alguna forma no me preocupó a que se dedica tu familia.

 —Bien, pues debes dejar esta casa, eres miembro automático de mi familia ahora.

 —Gracias, pero no quisiera ser una molestia.

 —No lo serás. Anda y guarda lo que necesites por ahora. Mañana Antonio te traerá a buscar las demás cosas.

 —¿Antonio?

 —Mi hermano mayor.

Dante fue directamente al hospital con Sabrina, pero no entraron a la habitación de Juliana.

 —Iré por mi hermano para que te lleve a casa, mientras tanto hablaré con Juliana.

 —Me dijiste que tuvo una cirugía.

 —Correcto y prefiero evitar que se altere.

Juliana dormía así que le pidió a Antonio que charlaran en el pasillo.

 —Así que una hermana mayor.

 —Sí, llévala a casa mientras hablo con Juliana.

 —De acuerdo. ¿Dónde la dejaste?

 —Comiendo algo en la cafetería, por su delgadez intuyo que no lo hace muy seguido y los golpes en su rostro….

 —¿Golpes?

 —Si. Te la encargo porque es uno de nosotros ahora.

Avanzó a la cafetería y casi cae de rodillas, sí se parecía a Juliana, pero había una belleza distinta. Juliana era bella pero su hermana era magnifica, Juliana era una luchadora y su hermana, ella miraba todo con temor y la comida con reverencia.

La cuidaría, nada iba a pasarle.

¿De dónde había salido aquello?

 —¿Quién te golpeo?  «Bravo, se regañó al verla saltar con miedo, lista para huir, era realmente un idiota»

 —¿Quién es usted? Si viene de parte de Johnny, dígale que aún no tengo el dinero.

 —¿Johnny?

 —Yo solo pasaba por aquí, de verdad que no estoy gastando el dinero que le debo.

Dejándolo sin palabras ni tiempo de reaccionar, se puso de pie y corrió. Antonio empezó a perseguirla dándole alcance antes de que llegara a la calle.

La agarró por la espalda mientras ella se retorcía. Nadie intervino, sabían que era el jefe y bien podría estarla matando que nadie siquiera los miraría.

 —Tranquila…

 —Déjeme…

 —Soy hermano de Dante, muñeca. Debes calmarte para que pueda presentarme formalmente.

El pecho de Sabrina subía y bajaba a toda prisa, sus senos presionaban sus brazos y en su ingle hubo una reacción instantánea. Llevaba años de abstinencia, encontró a Juliana y el puto pito no se le desinflaba, ahora venía su hermana y le hacía lo mismo.

                                  ¡Condenadas mujeres Spencer!

Sabrina empezó a respirar con más calma así que se concentró en ella. Una tarea sencilla…mierda. ¿Dónde le dijo Dante que iba a quedarse?  En casa, si y así como pensar en mandarla a vivir con los tortolitos, eso jamás. Genial, le tocaría darse duchas de agua fría.

 —¿Ya estás bien, muñeca?

 —Sí, lo siento en verdad. ¡Qué papelón!

 —Este Johnny te tiene asustada caro está, pero tampoco ayudó que te abordé como un cavernícola «¿desde cuándo me justifico? —pensaba Antonio —»

 —Lo siento, es que no tengo paz desde que entró en mi vida.

 —Ahora cuentas con mi protección…es decir la de nuestro apellido. Eres cuñada de Dante así que te protegeremos. Pero necesito entender lo que pasa.

 —Hace un año Johnny llegó buscando empleo y en aquel entonces necesitaba un ayudante en casa, para cosas de electricidad, fontanería y eso. Cuando llevaba varios meses trabajando me golpeo. Le dije que se fuera y me dijo que, si no le daba dinero mensual para estar a salvo, entraría y me….

 —Imbécil.

 —No quise pagar el primer mes y lo denuncié a la policía. Entonces pequeñas cosas pasaban, un auto me seguía, trataron de arrollarme al salir del supermercado y el día antes de colectar su dinero me envía rosas rojas.

 —¿Cuánto debes darle al mes?

 —Tres mil dólares. Soy pintora y mis cuadros apenas me dan para cubrir su cuta, luego de eso pago facturas y compro comida.

 —Estás muy delgada, ¿cuántas veces al día comes?

 —Una, quizás dos.

 —Bien, Johnny, pasar hambre, no dormir…eso se termina hoy, es hora de que vayamos a casa.

 —No quiero causar problemas.

Antonio le apretó la mano con firmeza tratando de infundirle seguridad y tranquilidad. Y cuando ella le miró a los ojos se dijo que debía ser cauto. Enamorarse de ella era prohibido.

 —Nosotros no somos cualquier familia, Cara. Nadie llega a nosotros y los que se acercan mueren, debes saber esto muñeca. Si no quieres involucrarte con nosotros te pondré en un avión y te mandaré a un lugar seguro, no te preocuparás del dinero, no de nuevo.

 —No quiero alejarme de mi hermana, la he buscado por mucho tiempo.

 —Entonces ven conmigo a la casa.

Minutos antes

Dante entro a la habitación de su mujer, verla tan golpeada lo llenaba de ira.  Juliana abrió los ojos y lo miró con amor y con emoción y supo que, de verdad, la amaba con todo lo que tenía.

 —Volviste.

 —Si cariño.

Se sentó en la cama junto a ella y la miró a los ojos mientras hablaba con ella.

 —Fui al hospicio. La madre superiora me dijo que tienes una hermana mayor.

 —¿Una hermana? ¿No es un rumor o algo así?

 —No, de hecho, la conocí. Quise asegurarme que no representa un peligro. Ella ha tenido un tiempo duro, cariño. Está muy delgada y con golpes. Antonio la está llevando a casa.

 —¿Estará bien? No dudo de Antonio, es solo que…

Dante se metió con ella en la cama siendo cuidadoso de no herirla y la ayudó a descansar sobre su pecho.

 —Mi hermano es un hombre de honor.

 —No dudo de él, pero es abrumador y si mi hermana está herida…

 —No es de gravedad cariño. Si mis cálculos salen bien, tendremos boda doble.

 —¿Bo..boda doble?

 —Mi hermano me consiguió a mi mujer, yo le conseguí la suya.

 —¿Tú quieres casarte conmigo?

 —Si. Cuando estés bien lo haremos y eso incluye no perder tu virginidad aún, esperaremos hasta la noche de bodas.

 —Te deseo, no sé qué me pasa, pero necesito tocarte.

Dante se colocó la manta encima, cubriéndole la cintura mientras se bajaba los pantalones y dejaba fuera su miembro. Juliana empezó a acariciarlo volviéndole loco.

 —No pares cariño.

Sintió el ronroneo en el pecho de Dante, la tensión de su cuerpo antes de que estallara gimiendo con fuerza.

 —Cuando te recuperes, mi pequeña lameré cada parte de tu cuerpo.

 —Sobre casarnos…no lo sé. No soy una mujer de mundo, viví en la calle...

 —Juliana…

Mientras trataba de calmarse para calmarla, se preguntó si alguna mujer le había hecho sentir así y no. Esta mujer mantenía su corazón en la palma de su mano. Juliana estaba llorando y él se maldijo. No era el momento para abordar aquello.

Gritos de terror llegaron a la habitación, alguien está disparando y ella le mira con pánico. Uno de sus hombres entró con sangre en su camisa.

 —Son los Cuzzo. Saben que su mujer está aquí y ahora quieren ver quien puede obtener su cabeza.

 —Malditos idiotas.  ¿Salidas?

 —Rutas de evacuación…la ventana.

 —Estamos en un puto tercer piso.

 —La escalera de emergencia está en esta habitación, la cual da a la parte trasera. Nuestros hombres ya rodean la zona y nadie desde abajo llegará ustedes. Creen que ella está en el piso de abajo, están matando a todo el que encuentran.

 —Seremos un puto blanco…pero no queda de otra. Vamos a hacerlo a prisa.

Juliana temblaba de miedo, pero no fue un estorbo.

 —Saldré primero, luego te ayudare a subir a la escalera y te abrazaré por detrás.

 —Bien.

Su guardia la sostuvo y la ayudó a salir por la ventana. Debían ir a prisa, pero ella hacía lo más que podía. Unos minutos después perdió pie y gritó. No quiso hacerlo, pero no estaba lista para morir.

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