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Author: Cassandra Hart
"Petsa ng paglalathala: " 2020-11-06 11:36:50

Narrador Omnisciente

Antonio Lucchese miraba a su hermano menor Dante, quien estaba en una silla de ruedas, frente a la ventana. No estaba mirando no, pues era parcialmente ciego. Podía sentir los cambios de luz y ver figuras, pero se negaba a recibir tratamiento, no quería tener esperanza para que después se la quitaran.

Habían sido siempre ellos dos contra el mundo. Desde que asumiera el control de los negocios familiares, veinte años atrás. Con tan solo 25 años, Antonio había enterrado a sus padres y cuidado a Dante de tan solo 15.

Un mes antes, fueron víctimas de un ataque que había dejado parcialmente ciego a Dante y Antonio se culpaba, era el que debía haberse encargado de la seguridad, pero no lo hizo y ante él estaba la evidencia de su descuido.

Preocupado por su hermano, había salido decidió a contratar algún asistente, para que ayudara a Dante con las cosas del día a día. Acabó encontrando a la persona ideal, aunque no de la forma ideal pues casi la mata.

A quien trabajaría para ellos, una joven adorable y hermosa, le había mentido un poco o quizás debía decir que le había variado un poco la verdad. Juliana pensaba que iba a cuidar a su hermanito menor, el cual había quedado ciego en un accidente,

Pero era necesario, porque Juliana podría sentirse incómoda de pensar en vivir con dos hombres a solas en la casa. Y era guapa, endemoniadamente guapa, pero cargaba su propia cruz. Quizás y solo quizás, ambos serian lo que el otro necesitaba.

La joven había quedado en el suelo debido a que la golpeó con su auto dos días antes y al ayudarla se enamoró de ella.

No desde el punto de vista romántico, sino que algo en ella, en su luz lo hizo quererla para Dante. Y solo si Dante lo permitía, la compartirían. Antonio no podía amar y no amaría a Juliana, cogerían si fuese posible, pero solo eso. Porque su corazón, ese era de piedra.

Sabía que su hermano caería ante ella como lo había hecho él.

El día del accidente, Antonio había salido a prisa de una reunión, con ansias de regresar con su hermano. Sin fijarse golpeo a una muchacha cuando iba hacia atrás. La joven tenía un hermoso cabello rubio, que le llegaba a media espalda, labios carnosos, unos pechos que pedían a gritos atención y unas caderas en las que se podría hundir sin ningún problema. Pero fueron sus ojos grises los que, a pesar de tener dolor, lograron hipnotizarlo.

 —Lo siento, cariño. Te llevaré al hospital.

 —No se preocupe, solo me iré a casa.

La joven se puso de pie y Antonio observó que había sangre en el suelo y que ella cojeaba bastante.

 —Vamos a que te revise mi médico.

 —No puedo pagar a consulta, así que no se preocupe. De verdad que con unos días de cama me sentiré mejor.

 —¿Tienes trabajo?

Pensar en ella sin dinero para siquiera pagar por un médico lo enfurecía, no entendía bien por qué. Eso le hizo sentir aún más decidido, algo debía pensar, ella tenía que ir con él, porque al verla ahí tuvo una revelación, la pequeña mujer tenía miedo, en sus ojos había evidencia de falta de sueño y sus pómulos estaban muy hundidos. Eso la hacía aún más perfecta pues, aunque Dante era muchas cosas, nunca dejaba a alguien necesitado sin atención, por eso cuidar de aquella joven que evidentemente estaba en una situación peor que él, le daría el aliciente necesario para salir de la depresión.

Antonio quería dedicarle más tiempo a Dante, pero el negocio…la mafia esa no esperaba. Dejar de trabajar, dejar de atender sus negocios sería visto como una debilidad y entre los suyos eso podía causarles la muerte.

Trabajaba horas extra para cubrir lo que antes hacía su hermano, para asegurarse de que las cosas marchaban igual que antes. Pero entendía la depresión de Dante, era de hacer trabajo físico, disfrutaba de dar caza a los deudores, de matar y torturar, así que de pronto verse confinado a una estúpida silla lo tenía devastado. No tenemos pareja, si de vez en cuando mujeres de esas que nos alivian la comezón, pero más allá que eso no. Pero mirando a la joven en el suelo, empezó a cuestionarse aquello.

La joven desde el suelo estaba mirándolo con pánico. ¿Qué demonios pasaba ahí? De alguna forma supo que su miedo no era con él o al menos con lo sucedido.

—¿Trabajo? ¡Oh, Dios mío!, por favor no piense que he provocado esto para obtener algo.

De aquello iba eso, ¿porque alguien se iba a dejar atropellar para obtener un trabajo?

 —De verdad señor, vaya y siga su camino.

Dijo asustada mientras trataba de alejarse del hombre tan atractivo que tenía al frente. Un sujeto como aquel debía estar casado, incluso con hijos. Y ella tenía lo necesario para parecer una buscona. Todo iba a estar bien, solo tenía que encontrar un sitio donde quedarse y descansar. Así que sin mirarlo siquiera empezó a alejarse, lo que no imaginaba era que ese hombre no pensaba dejarla ir. Y que aquel deseo que pido estaba por hacerse realidad.

Antonio, con hábil precisión colocó la mano en el codo de Juliana, evitando que se alejara más.

 —¿Por qué me temes? ¿Qué haces en un barrio tan inseguro como este?

 —Viví…vivo por aquí. No le temo a usted, es que ha sido un día difícil, así que, si no le molesta, suélteme y siga su camino.

 —No.

 —¿No?

 —Eso he dicho. No.

 —Ya se, es usted dueño de una gran empresa y está acostumbrado a ser un mandón.

 —La última vez que una mujer me dijo mandón…

 —¿Acabo acostada mientras usted la azotaba?  «¡Que mierdas la hizo soltar algo así, qué vergüenza!»

 —Cariño, de verdad que eso suena probable así que entiendo que pienses en eso.

 —No quise…

 —Descuida, vamos a decir que se debe a toda esta tensión, aunque si se me permite añadir algo a mí también, tenerte de rodillas haciéndome feliz, eso no me resulta difícil de imaginar.

Iba a seguir molestándola pues adoraba el rubor en su rostro, pero miró con preocupación cómo la sangre empapaba los pantalones beige que usaba la muchacha. No quería que siguiera ahí charlando sino en su auto de camino al hospital. Notó con sorpresa, a medida que ella miraba el auto que parecía seriamente intimidada por su dinero. Y para Antonio era urgente el lograr que se calmara, aunque no sabía por qué.

 —Tranquila pequeña gatita. No he pensado siquiera por un segundo que me permitiste atropellarte, de verdad que no. Lo pregunté porque busco alguien que cuide de mi hermanito menor, quedo ciego hace poco…bueno, parcialmente ciego. Dante puede ver sombras, pero está cada día más triste.  «iba a irse al infierno»

 —No tengo ninguna preparación ni experiencia con niños.

 —Hmmm, con este niño en especial no necesitas la clase de preparación que crees necesitar. No es necesaria tu preocupación, solo necesito de alguien que pueda acompañarlo, charlar con él, leerle. Ser una especie de amiga.

 —No lo sé. De verdad agradezco la oferta, pero no puedo aceptar. Míreme, de verdad que si a usted o a su hermano los ven conmigo pensarán que soy de esas que cobra por hora, usted parece ser de buena familia, debería buscar a alguien que calce más con ustedes.

Ante la furiosa mirada de aquel apuesto e intimidante hombre, Juliana cerró un momento los ojos, necesitaba alejarse, pero hasta respirar dolía.

 —Mira, vas a dejarme de hablar de forma formal que no soy un puto anciano. Escucha, puedo medio aceptar que no quieras el empleo. Pero no que te denigres de esa forma. Y tampoco vas a irte sin que mi médico te revise.

Juliana le miró fijamente. Aquel hombre era poderoso, lo decía no solo el dinero que era obvio que tenía sino la forma de hablar, se notaba que nunca le decían que no. Y se dio cuenta de eso segundos después cuando la tomó en brazos «con sutileza, sí» pero con decisión. Pero como Juliana no esperaba aquello, no pudo evitar jadear y sujetarse a sus hombros pasándole los brazos alrededor del cuello. Ambos se quedaron mirando a los ojos, él miraba sus labios, ella sintió sus manos apretando y la presión de esos dedos grandes y masculinos sobre su piel, estos hicieron que sintiera un ligero cosquilleo.

—Déjame cuidarte, estar seguro que no tienes más que una herida menor.

 —¿Por qué? Solo necesito ir a descansar, eso es todo.

 —¿Y crees que podría irme a casa sabiéndote herida? Esto es un disparate y una de esas situaciones que no se dan cada día.

 —Ya entiendo, eres uno de esos tipos que buscan mujeres para follar y vas a salirme con que has caído bajo esa barata estupidez llamada, amor a primera vista.

 —Eres joven para ser tan amargada.

 —Soy joven, pero he tenido mi cuota de mala suerte. No ha querido ser así por gusto.

 —Lo lamento, ¿sí?, mírate el rostro, dime que me debo ir a casa sabiendo que te herí de esa forma.

 —No me golpeaste el rostro, yo…

 —¿Tú me estás diciendo que alguien te golpeó?

 —De verdad, solo quiero irme.

 —Ni de coña pienses que te voy a dejar ir, ahora menos que antes porque vas a decirme quien es el responsable. ¿Qué piensas hacer? ¿Volver con el tipo que te puso así?

La metió al auto y le abrochó el cinturón con deliberada lentitud, luego, rostro con rostro, estando tan cerca pudieron sentir la respiración el uno del otro.

 —No sé qué me haces, muchacha. Dime que eres mayor de edad.

 —Tengo 25 años. Tampoco entiendo esto, nunca he sentido algo así.

 —Vamos a ir al hospital y luego hablaremos porque mi querida niña, tú no te vas a ningún sitio.

Durante los primeros minutos de viaje el silencio parecía sofocante, Antonio quería saber todo de ella.

 —Dime querida niña, ¿debemos llamar a alguien?

 —A nadie, no tengo padres ni familia.

 —¿Es algo reciente?

 —No, crecí en un orfanato.

 —¿Nuca tuviste oportunidad de estar en casas de acogida?                        

 —Dos veces, pero pasaba lo típico, padres demasiado cariñosos y no me gustaba, me daban miedo.

 —¿Alguno pudo hacerte algo más que asustarte? 

 —¿Importa eso realmente?

 —Les importará a ellos una vez que les ponga las manos encima.

La furia en su voz sorprendió a Juliana, pero le gustó. Era un desconocido, pero se preocupaba más por ella que lo que lo había hecho la gente a lo largo de su vida.

 —No, porque cuando ellos empezaban a ser demasiado amorosos escapaba. Era demasiado pequeña para subir sola a un autobús, pero suficientemente grande para cruzar sola la calle.

 —¡Dios mío, cara! ¿A dónde fuiste?

 —Estuve varios días en la calle. Vivía cerca de restaurantes y debía esperar al final del día para comer lo que desechan al cerrar el negocio. Me atraparon unos días después y sucedió lo mismo así que al final me dejaron en el orfanato. Ahí estudiamos y por notas me admitieron en la Universidad. Pero me daban media beca que no pude pagar así que me mantuve en los trabajos que iba consiguiendo.

 —Lo lamento, has tenido una vida difícil.

 —¿Quién no lo ha pasado? De verdad agradezco la ayuda para el hospital, pero otra cosa no funcionaria.

 —No pienso renunciar. Pero por ahora vamos a dejar el tema que estamos llegando a emergencias.

Antonio insistió y le hicieron placas, pruebas de sangre pues por alguna razón le importaba lo suficiente como para saber que estaba en ben estado de salud.

 —Fue usted afortunada, joven. Que el dueño de hospital sea quien la atropelló puede considerarse toda una suerte.

Juliana palideció aún más, si aquello era posible y Antonio dirigió a su amigo una mirada llena de promesas de asesinato.  Ella se sentía incómoda cerca del dinero y no quería meter más presión a una situación ya de todas formas, tensa.

Porque entre más tiempo pasaba más convencido estaba de que ella era quien salvaría a Dante…o quizás a ambos. El medico guardó silencio después de mirar a su amigo. Antonio era un jefe peligroso y aquella joven era importante para él. Quizás y solo quizás, todo acabaría bien para él.

 —El sangrado se debió más que todo a la fricción del asfalto contra la piel. Las placas no muestran mayor lesión a nivel de huesos. Pero los siguientes días vas a estar con dolor. Te mandaré pomadas y medicamentos para quince días. ¿Tienes quién te cuide?

—Ah…yo sí. No hay problema.

 —Bien, podrás tener algo de rigidez en la pierna, pero es normal. Si puedes, regresa en unos ocho días.

 —Gracias doctor.

 —Con todo gusto.

La ayudó a salir del hospital con calma y emprendieron el viaje de regreso.

 —Supongo que dejarme pagarte un hotel y una enfermera no será bien aceptado.

 —De verdad, vete a tu casa, vernos…conocernos es sola una de esas cosas raras que pasan.

Antonio no estaba feliz, no le gustaba la idea de dejarla en aquella pensión de mala muerte, pero no podía forzarla a nada.

 —¿Tienes un celular?

 —Sí, claro. Pero lo dejé en casa.  «mintió tratando de que no la descubriera»

 —Bien, esta medalla que pondrás en tu cuello es el escudo de mi familia. Y quien lo vea no te dañará, te protegerá.

 —Suenas como un mafioso.

Cuando no dijo nada y lo miró sostener el volante con fuerza, supo que eran precisamente eso, mafiosos.

 —No sé ni siquiera tu nombre.

 —Y yo sé el tuyo y es injusto, bella Juliana. Mi nombre es Antonio Lucchese y si algo malo te pasa o si decides aceptar mi oferta de trabajo, llámame. Dentro de la bolsa de medicamentos he puesto mi tarjeta, con mis datos.

 —Gracias por la ayuda.

 Mientras veía a Antonio alejarse, se arrepintió de rechazar su ayuda, pero mantenía su postura. Ella no encajaría en su casa ni siquiera como empleada de servicio.

Antonio entró en su casa y azotó la puerta. Dante le miró con curiosidad. Sí, sus ojos quizás veían sombras, pero era capaz de distinguir siluetas.

 —¿Qué pasó?

 —Conocí a alguien hoy. La atropellé, ella tiene algo y no sé. Conseguí llevarla al hospital y le ofrecí trabajo como tu acompañante.

 —No necesito niñera.

 —Lo sé, lo hice por ella. Si te soy honesto, la deseo, pero por alguna razón que va más allá de toda lógica, me recuerda a mamá. Y me hace pensar en que, si papá no la hubiese salvado al conocerla, nunca hubiesen tenido la oportunidad de estar juntos. Creo que ella es quien esperamos.

 —¿Tú crees que ella es la mujer que estará con nosotros? La conociste unos minutos nada más. Tráela a casa si te hace sentir bien y coge con ella si quieres, pero no me metas en eso por favor.

 —No me gusta verte tan amargado.

 —Tengo razones para estarlo.

 —Y a mano las herramientas para dejar de estar así.  Tómate los antiinflamatorios y acepta la cirugía para descomprimir el nervio.

 —No me interesa.

 —Perdiste parcialmente la vista, pero no hay nada mal con tu columna, levántate de esa maldita silla.

 —Déjame en paz.

Juliana avanzó al callejón situado cerca de dónde la dejó Antonio. La pierna empezaba a dolerle y a como pudo se acostó en el suelo y mientras el frio de la noche avanzaba, se dejó ir.

Unas horas después un joven que estaba buscando dónde dormir vio a Juliana y se acercó temeroso, parecía muerta. Miró en su cuello el símbolo de la familia Lucchese y fue a llamar. Todos en la ciudad sabían cómo contactarlos, como también sabían que debía ser una emergencia realmente. Antonio estaba terminando el desayuno cuando entró la llamada al celular asignado a llamadas de la gente en la calle. Empezó a escuchar y a medida que el relato avanzaba se puso de pie, tan a prisa que botó la silla. Aquello llamó la atención de Dante,

 —¿Dónde dijo que está? …

…sí de acuerdo, quédese con ella y no permita que nadie la toque…

…gracias por llamar, será bien recompensado por esto.

Dante esperaba a que la llamada acabara para entender.

 —¿Qué pasa?

 —Juliana, está en la calle. Parece estar viva, pero no se mueve. Voy por ella.

 —¿No la habías dejado en su casa?        

  —Ayer antes de venir, no estaba en condiciones de moverse, no sé cómo acabó en un maldito callejón.

Antonio estacionó justo en la entrada del callejón, miró a Juliana que seguía sin abrir los ojos.

 —¿Sabes qué pasó?

Le preguntó mientras levantaba a Juliana y la acostaba en su auto.

 —No señor, llegué poco antes de llamarlo. La toqué a ver si se movía y lo hizo al menos para dejarme saber que está viva. La piel está muy fría, uno de los sin calle dice que ella llegó ayer y que pasó la noche aquí.

 —Averigua por favor lo que puedas de ella, la dejé en esa pensión que se ve desde aquí, su nombre es Juliana. Luego ve a mi casa, ahí te darán empleo si te interesa.

 —Claro que sí, señor. Pero no sé en qué podría trabajar.

 —Algo encontraremos, si prefieres dinero me lo dices.

 —Dejé a mi familia, señor. Piensan que trabajo como mecánico en la ciudad. Les mando lo que consigo.

 —Bien, tengo algunas empresas donde nos vendría bien tener un mecánico, cuando vayas a la casa uno de mis hombres arreglará todo.

 —Gracias señor Lucchese.

Con cuidado partió al hospital, necesitando que alguien le dijera lo que iba mal. Miró el cuerpo inerte de Juliana, en la misma posición en la que la dejó. Respiraba sí, pero muy débilmente. Se estaba ahogando de calor, pero aun así puso la calefacción de su auto a toda marcha. Dos autos más, pertenecientes a sus guardaespaldas iban con ellos, uno delante y el otro atrás. La mayor parte del tiempo prefería viajar solo, su auto estaba equipad con el blindaje más alto que había sin embargo aquella mañana en que iba por ella, quiso que alguien más lo mantuviese seguro, no quería pensar en nada más que no fuese ella estando bien.

Porque tras conversar con su hermano aquella mañana supo que, aunque en algún momento llegase a amar a Juliana debía ser para Dante. Sí, él…el Lucchese de corazón de piedra temía haber encontrado a quien sanara su corazón. Juliana inspiraba deseos primitivos para protegerla, y su hermano necesitaba tener a alguien que necesitara de él.

Juliana abrió los ojos cuando sintió que la inundaba una agradable calidez. Miró en su mano una vía, la habitación parecía de hospital y se sintió confundida, hasta que vio a Antonio, este estaba de espaldas, hablando por celular.

 —Hmmm … ¿Antonio?

Este se volvió a verla, al inició con alegría por verla despierta y luego con enojo.

 —¿Cómo mierdas, se te ocurrió no decirme que estabas sin casa y quedarte a dormir en un maldito callejón?

Juliana se movió algo incómoda. Aquellas emociones de furia y preocupación le eran nuevas. Sabía de los Lucchese al igual que todo el mundo. Mandaban a matar a quienes consideraran un estorbo o un peligro. Ella parecía a salvo, porque este hombre la quería con él y no la quería muerta, o al menos de momento.

Los Lucchese eran la familia más importante del país, los dueños de la ciudad, no era un juego. Nadie se metía con ellos, nadie podía huir de ellos ni siquiera ella y el estar en un hospital, de nuevo en su presencia era prueba suficiente de que escapar de él y de su familia, no era posible. Si ella no hubiese sido tan torpe y no hubiese acabado en el suelo, arrollada por el auto de Antonio, estaría viviendo sola, tranquila.

Los músculos en sus brazos, a pistola en su cintura…aquel hombre era peligroso y a pesar de querer temerle, lo deseaba. A un hombre que por lo menos le llevaba 20 años.

 —Lo siento. Me sentí avergonzada.

Antonio se sentó en la cama y la abrazó. Luego mirándola a los ojos le dijo:

 —Cara… dolcezza. Tú dormiste en la calle, cuando debías estar en una cama, cuidando tu herida. No puedo permitirte eso de nuevo. Te conozco hace menos de 24 horas y no puedo dejar de pensar en probarte…en tomar tu boca y deleitarme con el sabor de tus labios.

 —Antonio…

 —Déjame probarte, déjame tocarte y hacerte gemir mi nombre, déjame beber de tus labios. Te deseo con febril pasión, cara.

Atacó su boca con pasión, pero ella quiso alejarse.

 —Van a entrar…alguien va a entrar.                     

 —Espera, eso tiene solución, porque nada va a detenerme. Necesito saborearte.

Se levantó y puso seguro a la puerta.  Luego acariciándose el bulto en sus pantalones, se acercó a la cama. Se acostó junto a ella y la atrajo a sus brazos. Juliana se le quedó mirando y se animó a besarlo. Antonio llevo la mano entre las piernas de Juliana, se deslizó dentro y sintió la barrera que la hacía única.

 —Este honor, este placer no será mío.

 —No entiendo.

 —Eventualmente lo harás. Por ahora y porque no podemos ir más allá, solamente nos tocaremos.

Antonio se abrió los pantalones y dejo salir su miembro. Era grande, liso y tenía humedad en la punta. Coloco la mano de Juliana en su eje y la enseñó como acariciarlo.

Luego se tocó a sí mismo y al sentir su propia humedad se lamio los dedos. Volvió a tocarse, pero acercó los dedos a los labios de Juliana.

 —Pruébame, cara.

Juliana abrió la boca, sus labios se amoldaron a los dedos de Antonio, este empezó un ritmo de bombeo, metiendo y sacando los dedos de la boca de la hermosa Juliana.

Luego sacó los dedos de su boca y guio la mano de la ansiosa piccola su propia humedad.

 —Así te tocarás cuando te lo pida, este es tu sabor al estar conmigo.

Juliana miró como Antonio llevaba su mano, llena de su excitación a su boca y lamia sus dedos, lego la besó y ella se probó en él. La mano de Antonio descendió a su centro y ahí, con suaves e intensos masajes, de manos de uno de los mejores amantes de la ciudad, Juliana llegó a su primer orgasmo. Mientras ella gemía, seguía estimulando el miembro del mafioso italiano, quien segundos después se unió a ella. Antonio, se puso de pie y empezó a acomodarse la ropa. Luego se acercó a ella y acomodó la suya.

 —Esto no fue suficiente. Necesito más. Te quiero en mi cama pronto.

 —Nunca…

 —Lo sé, tu virginidad me vuelve loco. Acéptanos, te cuidaremos y protegeremos.

 —Hablas en plural.

 —Ya lo entenderás en su momento, di que aceptas mi protección, ser mi amante…nuestra amante.

 —Aceptar a otro más sin conocerlo…. Esto es raro.

 —Sé mi amante, déjame tomarte cada noche, beber de tus labios, tomarte con mi boca. Prométeme que me tomarás con la tuya, que tragarás mi semilla que tu cuerpo no tendrá otros dueños.

 —De acuerdo, yo acepto.

 —Descansarás en el hospital hoy. Mi guardaespaldas velará tu puerta y vendré por ti mañana. Dulces sueños, cara.

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