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Capítulo 4
Author: gikacrosTiempo atrás:
Max era atento. Tal vez demasiado. Quería que dejara de prestarme tanta atención y a la vez me preguntaba si solo actuaba así conmigo o lo hacía con todos sus pacientes.
—Empezaremos la rehabilitación lo antes posible, el hecho de que tengas sensibilidad, aunque sea mínimas, aumenta las posibilidades de volver a caminar.
Él tenía fe en mí. Yo en él. Era como si todas las esperanzas que tenía de recuperarme fueran gracias a él.
Esa vez fue él quien empujó la silla. Los dos solos. Sin nadie que pudiera detener mi imaginación.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete.
Hubiera dado lo que fuera por ver su cara al responder a esa pregunta.
—¿Puedo hacer otra pregunta?
—Por supuesto.
Tal vez era mejor no tenerlo cara a cara. De esa forma se me hacía más fácil indagar en su vida personal.
—¿Estás casado?
No contestó. No fue apropiado hacerle esa pregunta. Deseé morirme en ese mismo instante. Quise levantarme y echar a correr. Huir de mi vergüenza. Correr con la misma intensidad que lo hacía cuando perseguía a Lara. Pero no podía. Seguía allí. En la silla, condenada a permanecer a las consecuencias de mis actos.
Siguió dando impulso a la silla hasta llegar a la habitación. Entonces pude verlo detenerse delante de mí. Abrir la puerta, pero evitando mi mirada. Volvió a la silla. Me dejó justo delante de la cama. Escuché la puerta cerrarse y sus pasos volviendo hacia mí. Por una parte me sentí vacía. Triste.
Se paró delante de mí y de nuevo volví a sentir sus manos en mi cuerpo. Apretando mi cintura con la intención de sacarme de esa silla. Lo ayudé colgando mis brazos en su cuello. Su olor invadió mis fosas nasales. Olía muy bien, tanto que aspiré aquel aroma todo lo que podía.
Me dejó caer con mucha prudencia y acomodó la almohada a mi espalda.
—No —contestó finalmente.
Entonces sonrió. Fue como si me hubieran quitado un peso de encima.
—No quería molestarte con esa pregunta. No debí.
—No te preocupes. No es para tanto. Solo que ningún paciente me había preguntado eso antes. Supongo que siempre hay una primera vez para todo.
De algún modo quería decirle lo guapo que me parecía. Lo agradecida que estaba. Quería hablarle de lo hechizada que me tenían sus ojos.
Pero no debía.
—Gracias.
—Solo hago mi trabajo. —Mencionó algo distante.
Tuve miedo de haber metido la pata. De que él no volviera a visitarme, o de que cuando me dieran el alta no volviera a verle. Ni siquiera sabía que existía esos miedos. Mi único miedo hasta entonces era que algún hombre se interesase por mí.
Yo era igual que Ícaro volando hacia el sol, tarde o temprano me quemaría. Ardería. Pero no importaba. Yo solo quería gustarle. Quería ser lo suficientemente madura como para llamar su atención.
Volví a su respuesta a su tono de voz. Era verdad. Solo hacía su trabajo. Su trabajo consta en salvar vidas. No lo había hecho porque fuera yo. Lo habría hecho por cualquiera, en cualquier momento.
—¿Crees que podría mirarme en un espejo?
Yo no era modesta. Debía serlo. Se me exigía ser modesta y humilde. Pero no podía serlo.
Admiraba la belleza de mis ojos en los espejos. Sabía lo llamativos que eran. Pero jamás utilicé mi mirada para conquistar a ningún hombre. Ahora quería utilizar mis ojos para cautivar a Max.
—El daño es temporal, en pocos días volverás a tener el mismo aspecto.
—¿Estoy horrible?
Disimuló una sonrisa. Fijó sus ojos en mi rostro y exhaló todo el aire de sus pulmones.
—No es correcto que diga esto, pero estás preciosa. Ningún rasguño le quitaría la importancia a la luz que destella de tus ojos. Profundos. Enigmáticos. Atrayentes...
—¿No es correcto? —pregunté para qué él concretara.
—No, no es correcto por el simple hecho de saber que eres menor de edad.
Yo era menor. Pequeña. Prohibida. Era un delito incitar a una menor. Pero yo estaba dispuesta. Jamás lo había estado.
Pero él al igual que yo, se había sentido atraído, tal vez no con la misma intensidad que lo sentía yo. Pero yo había llamado su atención. Mis ojos lo habían hecho. Al igual que los suyos.
Sonreí satisfecha. Quería seguir con esa conversación. Saber más de él. Pero él no tenía tiempo. Él no lo tenía para mí. Debía volver a su trabajo.
Presente:
—¿Pareces ausente? —Volví de recordar a Max para prestarle la atención que Lara reclamaba —. No es tan difícil —asegura —. Solo debes pensar en las ventajas que vas a tener cuando te cases con Dante.
La miro llena de rabia, me siento impotente.
—¿Ventajas? Él me odia. —Susurro para que nadie pueda oírme.
—¡No digas más! —Estalla en una falsa carcajada.
¿Es divertido? Lara se ríe, pero algo forzada y cuando siento una mano acariciando mi hombro, lo entiendo. Él está detrás de mí, haciendo contacto con mi cuerpo.
Lara niega con disimulo. No debo decirle nada, ni negarme a su presencia, menos en público.
—¿Puedo hacerles compañía, señoritas?
Incluso suena amable. Su tono no es el mismo que ha usado esta misma mañana cuando estábamos a solas.
—¡Claro que sí! ¿Por qué no le haces sitio a tu esposo, Any?
Mi esposo. Todavía no lo es. Esa palabra tan simple, pesa sobre mí. Empiezo a odiarla.
Me hago a un lado con esfuerzo. Siento como si me entrara frío. No puedo hablar. Ni siquiera mirarlo directamente a los ojos.
Todo se vuelve incómodo.
Dante pide un café y dos más para nosotras. Está siendo todo un... ¿caballero?
—La próxima serás tú. Supongo que ya tienes ganas de que eso pase.
—Sí, pero no todas hemos tenido la misma suerte que Anaís.
¿Suerte? ¿Esta Lara es la misma que había sido mi amiga desde que llevábamos pañales? No doy crédito a lo que ella va soltando por la boca.
—Yo también he tenido suerte —asegura.
Lo miro incrédula. Nadie en su sano juicio puede creerse lo que dice, ni siquiera suena convincente.
—No puedes negar que te llevas una preciosidad.
Siento sus ojos clavados en mí, buscando qué, ¿mi hermosura? ¿A caso no me ha mirado suficiente?
Toma su taza de café y deja caer su otra mano encima de mi muslo. Me sobresalto. Mostrar algún efecto en público está prohibido. Él conoce las normas. Aunque sabe que bajo la mesa nadie se dará cuenta.
—¿Estás bien?
Supongo que mi cara ha cambiado al igual que lo hace un semáforo. De verde a ámbar, de ámbar a rojo. Rojo ardiente.
Sus dedos se pasea por encima de mi muslo. Siento un cosquilleo. No puedo dejar que me trate como una cualquiera delante de todos. No solo está prohibido. Todavía no es mi marido. Así que no tiene derecho ni a rozarme el pelo.
—Sí. —Consigo decir al mismo tiempo que atrapo su mano con la mía —. No me siento muy bien, eso es todo.
Pero mi mano es atrapada por la de él. El cazador es cazado y ahora he vuelto a ser la presa.
Me acaricia la mano sin ejercer presión sobre ella, pero la manosea haciéndome sentir aún más incómoda.
Me incorporo de manera automática. La conversación de ellos se detiene en seco. Esta es la única manera de detener sus caricias.
—Tengo que recoger a Olivia. —Me excusé.
—Te acompaño.
Lara asiente aprobando.
Las chicas no juegan con chicos. Las chicas no pueden tener amigos chicos. Pero ahora para ambos todo es distinto. Se nos está permitido pasear juntos. Incluso puede cogerme de la mano. Nadie nos juzgará porque a ojos de todos estamos prometidos el uno al otro.
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