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Capítulo 3
Author: gikacrosMe acomodo en mi cama, quiero despejar mi mente de cualquier pensamiento negativo que pueda perturbarme.
No sé en qué momento he desarrollado este rechazo hacia Dante. Tal vez él sea un buen hombre, o será un buen marido. El caso es que no hemos empezado con buen pie.
Ese día no era consciente de lo que decía. Bueno, sí que lo era. Pero quiero creer que esa chica mal educada no era yo. Solo sé que su atrevimiento por cortarme el paso me llevó a insultarlo. Luego le escupí... ¿en qué pensabas?
No es propio de mí ese comportamiento tan vulgar. Ni de ninguna mujer de mi comunidad. Supongo que trataba de espantarlo. Quise ser alguien en quien él jamás se fijaría, y conseguí todo lo contrario. Intento borrar todo aquello. No quiero volver a pensar en ese día.
Max había abandonado mi habitación. Yo había deseado poder levantarme y ver el aspecto que tenía. Quise estar guapa a pesar del dolor que pesaba sobre mi cuerpo. Yo quería estar perfecta.
Mis padres habían entrado a visitarme. Yo ya estaba fuera de gravedad. Max me había traído de vuelta a la vida, me había salvado. Mis padres estaban preocupados por mi salud, por mis piernas.
Yo también lo estaba.
—No te preocupes. —Intentó animarme, pero faltaba énfasis en su voz.
Tal vez porque sus ganas de animarme era falsas. Lo que le preocupaba era tener una hija paralítica. Ella estaba más preocupada que yo, aunque de diferente manera. Mi madre estaba destrozada. Mi padre parecía enfadado. Pero no lo manifestó con palabras, solo lo hizo con su cara larga.
Él sabía lo de la revista. Yo quería excusarme por ello. Pero no quería disculparme por si ese no fuera el motivo de su enfado.
—Reza mucho y Dios te ayudará.
No lo hice. Yo no sentía esa devoción, ni siquiera tenía fe en Dios. Yo tenía fe en Max, en los demás médicos. En la ciencia, ella era la única que podía ayudarme. Yo nunca cuestioné la existencia de Dios delante de los demás. Es algo totalmente prohibido.
Yo había pecado muchas veces. Me di cuenta de que no había seguido las normas al pie de la letra, tal y como se me exigía.
Mi madre rezaba, mi padre se mantenía serio y callado. Yo pensaba en los ojos de Max. De alguna manera su mirada se había hecho dueña de todos mis pensamientos.
—Nadie querrá casarse con una paralítica.
Odié a mi padre por esas palabras. Más de lo que le odiaba por lo que me hacía. Incluso puedo asegurar que a pesar de lo que me hacía, todavía le seguía queriendo porque era mi padre. Pero después de esas palabras, supe que nada podría hacerme más daño.
Podía haber nacido así, ¿no me habría querido? ¿Es que ya no era de su sangre?
Sentía como mis emociones se cruzaba. Dolor. Decepción. Resentimiento. Odio. Todo ello se mezclaba para crear una nueva sensación en mí.
Sentía mi agonía, incluso él podía sentirla, siempre la sintió, y nunca le importó. Tan solo esperaba mi mayoría de edad para arrojarme a los brazos de algún hombre y así remediar sus pecados más ocultos. A él no le importaría como ese hombre fuera conmigo. Solo le importaba deshacerse de su propia pesadilla. Eso era yo para mi padre, algo que lo atormentaba día tras día.
Mi odio emergió en forma de lágrimas llenas de decepción.
—No querrás ser una carga para tus hermanos. —Aseguró con frialdad.
Ella no fue capaz de pedirle que parara, de suplicarle que dejara de hurgar en mi herida abierta.
Pero sí que pudo ver el odio en mi mirada. Yo en ese momento quise gritar lo mucho que lo odiaba. Pero era mi padre y yo le debía respeto.
—Rezaré para que te recuperes, Anaís.
Eso no iba a cambiar lo que había dicho anteriormente. Yo seguía sintiendo ganas de escupirle y reprocharle todo lo que me había hecho. Quería poder levantarme y sonreír con satisfacción. Pero no podía. Mis piernas seguían ausentes, evadiendo mis ganas de ponerlas en movimiento.
Mis padres al fin salieron, y él entró al mismo tiempo. Sus ojos. Su olor. Me pareció que toda la habitación se iluminaba con su sola presencia.
—¿Has podido descansar?
Asentí. Él sonrió.
—Vamos a hacerte unas pruebas.
Una enfermera entró por la puerta arrastrando una silla de ruedas. Ver la silla significó asimilar que no podía andar. Mis ojos se llenaron de lágrimas de decepción.
Volví a culpar a Lara.
Max apartó la sábana, y entonces sentí el contacto de sus manos en mi brazo. Fue como si una corriente eléctrica me atravesara la piel.
—Voy a ayudarte a que te pongas en la silla.
Creo que fue ese el momento en él sentí atracción por un hombre. Coloqué mis manos sobre sus hombros, y él sostuvo mi cuerpo en el aire.
Por alguna razón me miró.
Temor. Vergüenza. Excitación. Jamás había tenido tanto contacto con un hombre al que deseara. Mi corazón latía tan fuerte que retumbaba en todo mi cuerpo.
Él se había dado cuenta.
Tuve ganas de apoyar mi cabeza en su pecho. De escuchar su corazón. De buscar refugió en él. Tal vez un poco de amor del que carecía.
Pero la situación fue breve. Ya estaba sentada en la silla. La enfermera me impulsaba y él caminó a mi lado. Sus ojos se clavaron en los papeles. Los mío en él. En su cuerpo. En su forma de andar.
No puedo seguir pensando en Max, no debo. Cuanto antes dejé de pensar en él, antes lo olvidé.
«Prometiste amarlo siempre»
Grito por desesperación. No quiero seguir escuchando a mi voz interior haciéndome reproches sobre lo que prometí. No puedo cumplir mi promesa. Cuanto antes lo olvide será más fácil cumplir con mis obligaciones como esposa.
Escucho el timbre de la puerta. Debe ser Lara. Oigo sus pasos subiendo las escaleras.
—¿Dónde te metes? —Inquiere nada más abrir la puerta —. Todavía no te has casado y ya no te apetece estar conmigo.
—No me sentía con ganas de hacer nada.
—Vas a casarte con el hombre que desean todas las mujeres del pueblo. ¿Por qué tienes cara de estar agonizando?
Lara toma asiento a mi lado. Ella sabe lo de Max, nunca estuvo a favor. Siempre me pidió que dejara de verlo, por mi bien. Ahora entiendo lo que quería decir.
—Vas a vivir en la mansión más grande del pueblo. —Intenta animarme —, y ser la esposa más respetada por todos.
—Para, por favor —le exijo. — Eres mi amiga, y sabes bien lo que pasa.
Lara frunce sus labios. Supongo que evita hablar de Max para no herirme. Pero hablarme de mi futura vida, me resulta mucho más doloroso.
—Any, si fuera cualquier hombre te diría que huyeras con Max. Pero es Dante, si huyes van a desterrar a toda tu familia.
—Lo sé. Por eso sigo aquí.
Lara se incorpora y luego tira de mí con mucha fuerza.
—Vamos a despejarnos con un café.
Adiós pensamientos, fue bonito mientras duró.
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