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Capítulo 2
Author: gikacrosTengo que llevar a mi hermana al colegio. La observo. Ella todavía es muy pequeña. Tal vez dentro de diez años todo haya cambiado. Yo no quiero verla sufrir. Yo tampoco deseo sufrir.
—Pareces tan triste.
Posa sus pequeñas palmas por mis mejillas, y estira mis labios con todas sus fuerzas, obligándome a sonreír.
—Mucho mejor, An.
Ella es la única que me llama así. An. Suena dulce. Incluso parece bonito. An.
Olivia separa su pequeña mano de mi mejilla. Sonreí. Ella merece mi sonrisa. No tengo que mostrarle lo infeliz que me siento. Lo destrozada que me encuentro. No puedo negarle una sonrisa. No puedo transmitirle mi dolor, eso sería muy egoísta por mi parte.
—Ahora pareces una novia feliz.
«No lo eres»
No lo soy. Pero ella no tiene por qué saberlo.
—¡Date prisa!
Yo doy responsable de ella. De ayudar a mis padres a guiarla por el buen camino. Pero no soy un buen ejemplo a seguir. Aunque ella piensa todo lo contrario.
Envuelvo su mano con la mía. La protejo del frío. Del mal que acecha a su alrededor. Protejo su infancia. Quiero verla jugar con muñecas durante mucho tiempo. No quiero que se enamore. Ella debe ser más fuerte que yo. No debe caer en la tentación. No quiero que sufra, ni que le hagan falsas promesas de cómo será su vida.
Olivia se suelta de mi agarre y corre a encontrarse con sus amigas.
Me hace feliz saber que ella vive todavía ajena a lo que pasa fuera de nuestra comunidad. Ella no debe saberlo nunca, de lo contrario nunca será feliz. Como yo.
Me besa la mejilla con mucho entusiasmo y echa a correr de nuevo. Yo perdí esa inocencia. Mi entusiasmo está más allá de todo esto.
Doy media vuelta y retomo el camino a casa. Pronto ya no podré llevar a Olivia al colegio. Eso me entristece.
—Quieta.
Su voz áspera hace que todos los músculos de mi cuerpo entren en tensión Mi cuerpo se queda paralizado, obedeciendo a Dante.
Quiero girarme hacia él, mirarlo con indiferencia, y volver a casa.
No lo hago.
No puedo volver a cometer un nuevo error. No debo. Lucho con todas mis fuerzas para no hacerlo y me mantengo en mi posición, tal y como él quiere.
—Buena chica.
No lo soy. No quiero serlo con él. No lo merece. Todo mi sufrimiento es por su culpa. Él quiere verme derrotada, quiere humillarme de la misma forma que yo lo hice. No voy a darle ese gusto.
Mi cuerpo me traiciona obedeciendo lo que mi cerebro planea hacer. No debo.
Lo tengo cara a cara, no parece enfadado, tampoco tiene motivos para estarlo.
—Tic-tac, tic-tac, tic-tac... se te acaba el tiempo.
Sonreí. No voy a mostrarle de nuevo lo débil que me siento. Tengo que mostrarme fuerte.
No lo soy.
—¿Ahora ya no hablas?
Mi mente lo bloquea, crea una barrera invisible entre ambos. Él no puede alcanzarme. Mi mente vuela de la forma que yo no puedo hacerlo.
Tiempo atrás:
Max era guapo. Era muy guapo. Como el chico de la revista.
La revista ya no estaba. Y por alguna razón yo quería preguntar qué había sido de ella. ¿A quién le importaba? A mí...
Yo era tan estúpida que en vez de luchar por mi vida, lo único que me preocupaba era saber sobre un maldito trozo de papel.
Volví a sus ojos bañados por algún mar de aguas cristalinas. Nadie pisaría ese océano. Tan solo se podía admirar su belleza, pero nunca bañarse en él.
Sonrió de nuevo. Era muy joven. Yo quería ser lo suficientemente mayor como para gustarle.
Antes, yo quería ser invisible para los hombres. Ahora quería ser vista por él. Por sus pupilas azules. Yo quería ser deseaba.
A pesar de mi dolor, de mi sufrimiento. Yo quería estar lo suficientemente guapa como para gustarle a él. Ahora pretendía que un hombre se sintiera atraído por mí. Pero no cualquier hombre, solo quería gustarle a él.
—¿Cuál es tu nombre?
Yo quería tener un nombre que a él le gustara, yo quería parecer interesante.
Tal vez lo era.
—Anaís.
Él tomó una libreta. Escribió concentrado. Y de nuevo sus profundos ojos volvieron a mí.
—¿Cuántos años tienes?
—Casi dieciocho.
Yo quería tener más. Los suficientes como para poder estar con él.
Ahora ya no quería correr detrás de Lara. Yo quería ser sería, una señorita decente. Yo quería ser alguien mayor. Madura.
Volvió a contratarse en su libreta.
—¿Puedes nombrar uno por uno a los miembros de tu familia?
Él no estaba interesado en mí, no de la forma que yo. Eso solo era una rutina para él. Solo quería asegurarse de que mi cerebro era capaz de recordar, de asegurarse que funcionaba con normalidad.
—Mi padre Adriano, mi madre Annalisa. Mis hermanos Alessandro, Diego, y Olivia.
Yo lo recordaba todo. Estaba bien, solo dolorida.
Él volvió a su libreta. Era demasiado atractivo. Era mucho mejor que el chico de la revista. Él por alguna razón me parecía inalcanzable. Pero yo quería alcanzarlo.
—¿Puedes mover las manos?
Moví los dedos primero, aunque se sentía algo lentos. Mis dedos se cerraban con lentitud, y se abrían al mismo ritmo.
—Tócate la nariz.
Por alguna razón una sonrisa se dibujó en mis labios. Me sentía ridícula a la vez que divertida. Él no pudo evitar volver a sonreír, creo que a él también le pareció divertido.
Dejó de apuntar. Dejó su libreta y entonces retiró la sábana con mucha precaución. Tenía miedo de estar desnuda. Yo nunca había estado desnuda ante ningún hombre.
Estaba avergonzada.
Pero mi corazón dejó de acelerar cuando vi una tela fina en forma de camisón horrendo, cubriendo mis intimidades.
Me relajé.
—¿Puedes mover las piernas?
Mis piernas estaban al descubierto. El camisón a penas cubría parte de ellas. Intenté mover las piernas. Quería hacerlo, pero ella no reaccionaban.
—¡No puedo!
Me alarmé.
Intentaba mover los dedos de los pies, no respondían. Mis piernas se negaban a obedecer las órdenes que les mandaba mi cerebro.
Mi corazón volvió a acelerar. Quería morir. No quería ir en silla de ruedas. Me negaba a permanecer en ella.
—Tranquilízate. Vamos a darle un poco más de tiempo a tu cuerpo.
Entonces sus manos se posaron encima de mi piel. Y yo no podía sentirlo del todo. Notaba algo. Eso me devolvió la esperanza. Él presionó sobre mi piel y entonces noté algo de nuevo.
Yo quería andar. Quería levantarme.
—¿Puedes sentirlo?
—Sí.
Él sonrió. Su sonrisa me dio esperanzas. Dejó de presionar.
—Vamos a darle un poco de tiempo a tu cuerpo.
Presente:
—¿En qué piensas?
La voz de Dante suena como un estruendo en mi cerebro. Pero no ha sido tan fuerte. Ni siquiera ha alzado la voz.
Lo miro desafiante. Él no puede ganarme, yo sé del poder que tienen mis ojos, puedo sostenerle la mirada. Por el momento puedo enfrentarlo, y quiero hacerlo.
Él lo sabe muy bien.
—No veo la hora de tenerte en mi cama.
Mi sonrisa se esfuma. Incluso mi mirada deja de mostrarse furiosa.
«¡Corre An! ¡Huye!»
Por primera vez estoy de acuerdo con mi voz interior. Debo correr. Ya no soy capaz de sostenerle la mirada. No debería seguir tan cerca de él.
Otro error.
Es él el que se aleja con su tic-tac saliendo por sus labios en forma de burla.
¿Él será mi marido? ¿Por qué?
¿Por qué tenía que ser yo y no otra?Obvio, yo he caído en su juego, para acabar siendo su juguete.
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