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Capítulo 1

Author: gikacros
"publish date: " 2020-10-25 18:04:25

Anaís

Nadie me entiende, siempre he cumplido las normas que mis padres decía seguir para ser una mujer decente.

Sabía que ponerme a llorar en medio de mi propio compromiso le daría a entender a Dante que yo no deseo ser su esposa. Ya he conocido el amor. Un amor del que ahora todos quieren despojarme y obligarme a permanecer al lado de alguien que no me merece. De entre todas las mujeres que morirían por casarse con él, ha escogido a la única que nunca lo ha deseado, por supuesto a mí.

Él abandonó nuestra comunidad, y lo entiendo. Yo también lo hubiera hecho. Ambos hemos conocido el mundo exterior.

Al conocer a Max, el médico de la ciudad, me abrió los ojos y me dio esperanzas de creer que mi vida no tiene que ser como la de mi madre, ni la de cualquier otra mujer que viva bajo las órdenes de un hombre.

Max es mi héroe, es mi salvador. Es el hombre que logró devolverme la vida, a raíz de eso, mi padre permitió que yo fuera a menudo a la ciudad. Mis escapadas fuera de la comunidad, con la excusa de que todavía necesitaba tratamiento me dieron la oportunidad de conocerlo, de saber como es una vida sin órdenes y normas, y sobre todo de conocer el amor y sentirme libre.

Desde un principio tuve claro cuál es mi destino, pero jamás pensé que todo fuera tan rápido, y menos que mi futuro esposo, sería alguien como él. Lo detesto.

Él lo ha hecho todo a propósito. Ese día debí mostrarle respeto, pero por alguna razón, no lo hice. Ese día me comporté como una estúpida, alguien sin modales, alguien a quien nadie miraría con orgullo. No pude evitarlo.

—No tienes que estar triste.

Mi madre no tiene ni la menor idea de lo que siento, no es solo tristeza, es dolor, es un vacío inmenso que me perfora el pecho.

—Has dejado en evidencia a tu padre.

—¿Por qué no puedo escoger? ¿Por qué tengo que asumir pasar el resto de mi vida con alguien a quien aborrezco?

—El amor nace con la convivencia, con el roce y los niños.

Solo alguien tan ignorante diría algo así. Es mi madre, no puede hacer nada por mí, pero tampoco necesito que me suelte algo tan estúpido.

No hay amor. Nunca lo habrá.

—¿Puedo ir mañana a la ciudad?

—Hija, sé que crees que estás enamorada de ese hombre, pero Dante será un buen marido.

—Pero yo le quiero... Quiero a Max.

Decir que le quiero, confesar, y llorar no es suficiente. Si mis padres me quisieran, serían comprensivos con lo que deseo. Con dejarme volar y, decidir sobre mi vida. Pero claro, una mujer decente no debe hacer esas cosas.

Pensar en que solo faltan unos días para atarme a él. A su ego. A su soberbia. Me destroza de alguna manera.

—No le hables a tu esposo de otro hombre. No es correcto.

Nada es correcto. Yo quiero vivir en la ciudad, quiero huir. Estar lejos de lo que ellos consideran lo correcto. Quiero llevar faldas cortas, maquillarme, llamar la atención de Max.

—Él me odia —le aseguro.

—¡Nunca digas eso! Al marido se le  debe respeto.

Es como si todos estuvieran en mi contra. Las normas. Él. Mis padres. Y todos los ciudadanos que me rodean.

Odio esto y odio ser yo.

«Vuela Ana, vuela alto.»

No puedo deshonrar a mi familia.

Si saliera huyendo de él, mi hermana jamás se casará, mi familia será desterrada. Y me odiarían de por vida.

«Él te cortará las alas.»

No es verdad, nunca las he tenido. Solo es esa voz interior que no para de torturarme. Odio esa voz igual que odio a Dante por haberme escogido a mí y no a otra. Tal vez ya no recuerde ese día, tal vez haya olvidado que le falté el respeto.

Me hago una bola pequeña, tratado de ser alguien menos significante para todos. Tal vez de hacerme invisible. De no estar. De volar. De dejar de existir.

Mis pensamientos vuelan más allá de lo que yo quisiera recordar.

Tiempo atrás:

Yo corrí tratando de alcanzar a Lara, ella corrió más rápido. Yo corrí detrás de ella. Solo quería recuperar esa revista. Guardarla. Quemarla. Ella se rio. Yo traté de alcanzarla. Esa revista nunca debió aterrizar en mis manos. Nunca debí comprarla. En ella estaba escrito todo aquello que ellos no querían que supiéramos. En ella había mujeres libres. Capaces. Inteligentes. Yo había leído esa revista. Lara también lo había hecho.

Volví a correr tratando de deshacerme de mi error. De seguir las normas. Quería seguir siendo respetada. No quería volver a leer esa revista. Pero Lara sí. Ella quería saber más. Ella no quiso conformarse. 

Lanzó la revista. Se rio de mí. Yo la odié por ello. Por lo que vino luego.

Corrí a la carretera sin mirar. Mi único objetivo era coger la revista.

—¡Corre, Anaís!

Fue tarde.

Recogí la revista. La tenía en mis manos. El coche también me tenía a mí. La apreté fuerte.

Había pecado.

Incluso cuando el dolor y la desorientación me envolvieron. El pensamiento de pecado acechaba.

Todos los sabrían.

Lara gritaba. Tal vez estuviera cerca. No lo sabía. Solo podía sentir el dolor. La revista arrugada entre manos.

La revista seguía allí.

El dolor se hizo fuerte. Poderoso. Yo solo trataba de mantenerme consciente. De escuchar las voces. Quería saber qué decían. No había voces. Mis ojos se vieron obligados a cerrarse. Y la oscuridad me arropó.

Sentí frío. Dolor. Frío de nuevo. Me alejaba. Dolor de nuevo.

Finalmente nada. No sentí nada. No estaba. Me moría. Me estaba muriendo. Me estaban dejando morir.

Odié a la revista. Odié a Lara. Me odié a mí misma.

Recobré el sentido. Ya no estaba tirada en medio de la carretera. No había coche. Ni sangre. Ni siquiera dolor. 

Mis ojos solo pudieron verlo a él. A sus ojos.

Mis párpados fueron acariciados por sus dedos. Y una luz cegadora que él sostenía en su mano me obligó a cerrarlos de nuevo.

Era consciente de su presencia. 

—¿Puedes oírme?

Quería responderle, pero no encontré mi voz. No sentí nada. Oía voces, como si fueran lejanas. Pero pude ver lo cerca que estaban.

Había médicos. Enfermeros. Todos vestidos de blanco. Me rodearon. Él sonrió. Yo quería sonreírle.

Mis ojos se cerraron en contra de mi voluntad. Cada vez que lo hacían creía que era la muerte la que venía a buscarme. Ya no había voces. Se hizo oscuro. Silencioso. Vacío y frío.

La siguiente vez que desperté, él fue lo primero que volví a ver. ¿Había muerto? ¿Era un ángel?

Esta vez sentí el dolor. Era lo bastante fuerte como para poder soportarlo. Y de nuevo su voz.

—¿Puedes oírme?

Asentí dolorida. Mi voz seguía allí, en mi interior, en estado de shock y no era capaz de asomarse por mis labios.

—¿Puedes hablar?

Negué desorientada.

—Maximiliano —escuché a otra persona llamarlo.

Mi ángel tenía nombre. Sería recordado siempre. Max. En mi mente le construí un altar para adorarlo eternamente.

¿Se quedaría a velar por mí? ¿Me había abandonado durante mi agonía? 

Negué ingenua. Como si no hubiera más pacientes a quien atender. Yo quería creer que él había permanecido allí, esperando por mi regreso a la vida.

—Max... —murmuré sin darme cuenta.

Él me había oído. Sonrió. Amé su sonrisa. Lo amé por ser mi ángel.

Tal vez fue el dolor el que me mantuvo viva. Pero yo se lo agradecí a él. Mis padres a Dios.

Presente:

—Tienes que ser un poco más positiva.

Mis recuerdos se desvanecen. Se esfuman. Y la realidad me golpea. No quiero asumir que no volveré a verlo. Que no volveré a tocarlo. Yo quiero tener otra oportunidad para acariciar su pelo, rozar su abdomen con las yemas de mis dedos. Su piel caliente contra la mía.

—No te preocupes —conseguí decir, apartando los recuerdos de Max de mi cabeza.

«Él sí que te quiere.»

Mi madre asiente. Deja de acariciarme el pelo y sonríe con ternura. Ojalá fuera tan fuerte como ella.

—Cuando tu padre y yo nos casamos, tampoco sentía nada por él. Y te aseguro que le agradezco a Dios todos los días por tenerlo con nosotros.

No dice que lo ama. No lo hace en ningún momento. Jamás lo ha dicho. Solo es la costumbre y el día a día. Tal vez mi madre no puede estar sin mi padre, pero no hay amor, lo sé muy bien.

Mi padre siempre ha sido partidario de esas normas. Del machismo. Él no sabe lo que significa esa palabra. Yo sí.

Por momentos odio a todos los hombres de mi comunidad. Por ser hombres. Odio a mi padre por quién es y por ser hombre. Odio a Dante por ser hombre, por ser de mi comunidad, y por estar a favor de esas estúpidas normas.

—Lo sé, mamá. Lo sé.

«No dice que lo ama. Nunca lo hizo. Ese es tu destino, An. No ser amada.»

Hago caso omiso a mi voz interior. Yo ya soy amada por Max, y lo seré siempre.

«Te olvidará. Que triste An.»

Él no tiene por qué olvídame. Yo no voy a olvidarlo. Yo lo amo y él a mí también. Nos amamos. Yo no quiero estar lejos de él. Yo quiero estar en su piel. Él es el único que puede amarme como yo merezco.

¡Estúpida y perturbadora voz!

Aprieto mi cabeza tratando de no oírla más, aunque sé que lo que suena en mi cabeza es mi realidad a gritos.

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