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CAPÍTULO 3

Author: Day Torres
"publish date: " 2020-11-06 23:04:01

— ¿Qué? — la pregunta de Katherine no expresaba sorpresa, sino indignación — ¿Cómo que la vas a internar?

— Pues eso, precisamente. Ya hice los arreglos esta mañana, la voy a internar en una clínica…

Johan no siguió hablando, pero todos estaban bastante conscientes de lo que quería decir.

— Una clínica… ¿psiquiátrica? — terminó de aclarar Kathy llena de estupor — ¿Esa es tu respuesta?

Su cuñado se encogió de hombros, como parecía ya costumbre, y el gesto obligó a Ian a respirar hondo para no enfrentarlo. Furioso, sí, estaba furioso por la actitud de un hombre que se rendía ante el evidente sufrimiento de su esposa.

— Es lo mejor que se me ha ocurrido. Lía necesita ayuda profesional.

— ¡Lía lo que necesita es que su familia la apoye! ¡La ayuda profesional se la podías traer a casa!

El italiano observó detenidamente los ademanes de Johan. Era obvio que estaba decidido a encerrarla en una institución mental a pesar de todas las protestas de su hermana; y ni todo su autocontrol evitó que apretara con violencia el puño izquierdo; solo el izquierdo, porque su mano derecha se cerraba sobre la de Lía, palma contra palma, en una comunión tan íntima que más de un escalofrío lo recorría cuando ella hacía alguna suave presión.

— Kika, ya he traído a dos psicólogos y no ha querido hablar con ninguno de ellos.

— ¿Qué te hace pensar entonces que hablará con los doctores de un hospital psiquiátrico, cuando ni siquiera ha querido hablar con los que le trajiste a casa? — replicó Kathy — No estás intentando ayudarla a ella sino a ti mismo, sabes que esta es la única manera en que dejará de estar bajo tu entera responsabilidad. ¿No es cierto? ¡Estás intentando sacártela de encima!

Ian sintió un leve tirón en su mano y volvió la cabeza: Lía lo llamaba. Había dejado de cantar, y aun en medio de aquella madeja de sombras que la asaltaban, la voz del hermoso… desconocido… parecía ser lo único que la alejaba de los gritos. Todos gritaban, gritaban siempre, y ella estaba cansada, cansada de esperar a la bebé que se había ido, cansada de mecerse sola, cansada de llorar, cansada… y quería dormir. Dormir cerca de la voz del hermoso… desconocido… porque su voz era el más perfecto de los silencios.

— ¡Kika, llevo tres meses sin dormir! — Johan se puso a la defensiva — ¡No descanso, no puedo concentrarme en el trabajo, tengo que estar vigilándola a toda hora porque me da miedo que vaya a hacer alguna estupidez! ¡Y por más que le hablo no me contesta! ¡Eso es lo único que hace, mover la maldita cuna y cantar! — miró a Ian con ojos rabiosos, no le hacía ninguna gracia que la secundara — ¡Ya no puedo más, paso tres horas cada día intentando darle de comer! Tengo que internarla. ¿Qué más puedo hacer?

— Nada. — casi le escupió Katherine — ¡Tú no puedes hacer nada!

Y tal parecía que la expresión en los ojos de Ian apoyaba aquella respuesta, porque el hombre se metió las manos en los bolsillos y caminó en círculos, abstraído, esperando que su cuñada recobrara la compostura.

— No permitiré que metas a mi hermana en un hospital psiquiátrico. Me la llevo a casa.

— ¡Kika…!

— ¡Johan, no te confundas! — le advirtió ella — No me importa cuánto digas que la quieres, te rendiste con ella, y yo no voy a hacerlo.

Cuando se volvió para mirar al italiano solo había una muda súplica en sus ojos. Ian se acercó a la muchacha, que se había quedado dormida, y la levantó en sus brazos con suavidad.

“¡Por Dios, es tan menuda!”

Lía abrió los ojos en ese instante casi con terror, y enseguida él supo el motivo. No era porque la cargara, por el contacto con su cuerpo, era solo el temor de que volvieran a quitarle el pasado.

— No te preocupes. — le susurró al oído — Traeremos también tu mecedora.

La caricia, cerca de la base de su cuello, la hizo estremecerse, pero dejó caer la cabeza sobre el hombro masculino y se dejó llevar. Tenía el cuerpo afiebrado y ligero.

“Tiene unas curvas escandalosamente deliciosas.” Pensó él antes de darse una bofetada mental.

Retomó el hilo de la nana y siguió cantando al tiempo que Kathy subía a su habitación por una maleta. Diez minutos después, inquieta y tenue sobre su pecho, la muchacha dormía mientras Ian la sacaba de la casa de su marido.

**********

De vuelta al puerto, Ian tenía cinco kilómetros para intentar pensar con claridad. Esta vez Katherine conducía la camioneta y de cuando en cuando pensaba en voz alta.

— Le hará bien estar con nosotros… Ray no pondrá objeciones.

Eso era indudable. Raymond, su marido, hacía exactamente lo que ella le pedía. Siempre.

— Le hará bien estar con nosotros. — repitió con obstinación — Los niños la adoran… — de repente calló y frunció los labios. Niños, tenía dos: una nena de cuatro años y un varoncito de dieciséis meses. Tal vez no fuera lo mejor enfrentar a Lía con niños cuando ella acababa de perder a la suya.

Muy bajito, Ian siguió cantando al oído de la casi chiquilla que llevaba en su regazo. Parecía relajada y tranquila, pero se revolvía con ansiedad cuando dejaba de escuchar su voz. Era tan pequeña, tan… sensual.

El italiano se preguntó si de veras lograría recuperarse de la pérdida de su bebé. Katherine tenía razón en algo: si la dejaban así era probable que terminara suicidándose. No había que ser psiquiatra para darse cuenta de que tenía un cuadro grave de depresión. Lía estaba dañada, muy dañada, lo sabía.

— No habla desde hace tres meses. — murmuró Kathy, y el dolor en sus palabras era inmenso — ¿Tú también crees que debería ser internada?

— Creo que necesita ayuda especializada, pero no lejos de su familia, ni encerrada en una clínica con un montón de extraños.

La mujer a su lado asintió, aliviada por saber que alguien con un juicio menos comprometido que el suyo respaldaba su decisión.

— Tú podrías…

— Yo también soy un extraño para ella. — replicó Ian, y al punto la sintió agitarse con infantil ansiedad entre sus brazos.

La muchacha sujetó la camiseta para apretarse aún más contra su pecho, dejándolo, otra vez, desconcertado. ¿Por qué hacía aquello? Él era completamente ajeno a su vida. ¿Por qué de repente aquella muñequita rota le exigía, temblaba, y protestaba y se aferraba al calor de su cuerpo?

Se concentró en la carretera para desestimar las posibilidades.

“No es una opción, no puedo hacerlo.” Por más tentador, por más urgente que fuera. Sacarla adelante requería de algo que iba mucho más allá de la elemental relación entre un hombre dominante y su mujer… ¡y ella no era su mujer! ¡Ni él podía convertirla en su amante!

— Necesita una guía, — la voz de Katherine se tornó ronca y ahogada — y orientación, y disciplina. Necesita alguien fuerte que la obligue a desarrollar esas actividades básicas para su supervivencia… comer, descansar, trabajar, ocupar la mente, hasta que pueda hacerlas por sí sola… ¡Hasta que quiera hacerlas por sí sola!

Ian dio un respingo enojado en su asiento de copiloto.

— ¿Acaso estás oyéndote? ¿Pretendes que la entrene, como si entrenara a uno de mis lobos?

— ¿Y por qué no? — sollozó Kathy — ¡Tus lobos están vivos! ¿No es verdad? Tus lobos van a cazar, se meten al mar contigo, juegan…

— ¡Por Dios, son animales! ¡Solo siguen órdenes, no hay una sola gota de raciocinio en eso!

— ¡Ni en ella tampoco! Ian, ¿cómo no te das cuenta? Lía no está viva, se murió junto con Grace y no hay nada que la haga reaccionar. ¡Necesita que la obliguen a vivir hasta que ella quiera vivir!

“¡Oh, demonios! ¿Por qué estoy siquiera valorando la posibilidad?”

Lía se acomodó sobre él y deslizó la nariz por la base de su cuello hasta su garganta. Tarareó bajito una nana, con los labios pegados a su piel, y el italiano sintió una descarga de adrenalina que le recorrió desde el estómago hasta el cabello de la nuca. Desde que la había cargado ella no había hecho ningún esfuerzo por romper aquel contacto…

… Porque era dulce, dulce y su olor no le recordaba a Lía al hospital, ni la bebé perdida, ni la habitación decorada con nubes. Estaba cansada, somnolienta y cansada, y el hermoso… desconocido… era fuerte, cada músculo de aquellas piernas sobre las que reposaba estaba perfectamente diseñado.

Ian cerró los brazos a su alrededor con vehemencia, y sintió cómo su piel se estremecía y vibraba.

“¡Estoy loco de atar!”

— Tienes que prometer que no cuestionarás mis métodos. — dijo a Katherine, y esa fue una orden.

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