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Autor: Cassandra HartAlejandra Ramírez Gonzales, o simplemente Ale—como la llamaban sus amigos— tenía 25 años. Estaba en el último semestre de su carrera en la universidad y tenía ya una oferta de un importante museo en Estados Unidos para empezar a trabajar allá.
Hija de padres humildes, había vivido en las afueras del Distrito Federal en México y seguiría ahí de no ser por la beca obtenida debido a sus notas sobresalientes. Para sus profesores era brillante con una inmensa facilidad para aprender el idioma inglés—lo dominaba desde que salió de la escuela y lo perfeccionó en el colegio— Sus profesores decían que tenía una pronunciación casi nata.
Siempre supo que le llamaba la atención la carrera que cursaba actualmente, pero no era un campo en el que ganara muy bien ahí en México, no al menos lo que ganaría fuera, porque su meta era sacar a sus papás de la pobreza.
Cuando estaba graduándose del colegio el director le comentó sobre la beca y Ale dijo que sí, no podía desperdiciar semejante oportunidad. Pero como la universidad quedaba lejos de casa debía alquilar un apartamento junto a dos estudiantes más, a un precio muy cómodo pues por ser becada le daban la mitad.
Había ahorrado cada peso ganado en los trabajos que hacia durante la adolescencia y era la orgullosa dueña de una cuenta con 5500 dólares. —Quizás no era mucho— pero pagando 150 dólares al mes por su apartamento y usando 200 dólares más para gastos personales tenía cubiertos 15 meses. Lo que le permitiría buscar un empleo de medio tiempo para seguir ahorrando.
Sus padres la habían visto partir con lágrimas en sus ojos, ambos tenían un secreto que le ocultaban y tenían miedo de que saliendo al DF, ella pudiera descubrirlo, sin embargo averiguaron que quienes podían buscarla ya habían fallecido, así que se quedaron tranquilos.
Para Ale sus padres eran su motor, ese impulso que le llevaba lejos. Su padre había trabajado toda su vida como pistero en una gasolinera y su mamá había sido ama de casa y estaba orgullosa de ambos.Al inicio en su casa allá en su pueblo todo iba bien, pero cuando Ale llevaba media carrera en la universidad, su papá fue despedido y su mamá mantenía todo ella sola sin embargo no le dijeron a Ale, no querían preocuparla.
Su padre había empezado a apostar y consumir drogas. En una de las noches en que su padre recibió amigos en casa, su madre harta de la pobreza aceptó dinero a cambio de sexo. Y ahora estaban haciendo más dinero del que imaginaron.
Ale ajena a todo continuaba esforzándose para poder ayudarlos. Y cada cinco que le sobraba se los hacía llegar.
Las cosas para Ale empezaron a ponerse turbias un sábado por la mañana cuando al ir por pan para el desayuno notó que un auto la seguía. No había querido ser paranoica, pero se apresuró en volver a su casa y el resto del fin de semana no salió. Para cuando el domingo a las 3 de la tarde notó que el auto se estacionaba, llamó a la policía. Pero contrario a lo que pensó, el auto no se fue. De hecho, los policías se inclinaron con respeto hacia los ocupantes y se marcharon.
Las siguientes semanas pasaron sin pena ni gloria y Ale dejó de pensar en los sujetos, por eso cuando un mes después salió de clases no notó que la seguía un vehículo. Antes de siquiera poder reaccionar, fue metida dentro. Pateó y golpeó con todas sus fuerzas, eso no podía estar pasándole a ella. Le pusieron un trapo sobre el rostro y no supo nada más. La mantuvieron tres días en una vieja casa, le daban agua pero nada de comer.
— ¡Déjenme ir!
— ¡Cállate!
—Tengo hambre.
—Mocosa estúpida, me tienes harto.
Tras patearla en repetidas ocasiones la dejó en el suelo. Le dolía la cara, sentía el sabor a sangre. No entendía nada, sí sabía sobre la trata de mujeres pero aquello parecía ser algo distinto. Ya ella no tenía edad para ser vendida.
Otro de los sujetos se acercó a levantarla y maldijo al verle el rostro.
— ¿Quién te hizo esto?
—Un hombre alto y de cabello negro. Con una cicatriz en la mejilla.
—Al Jefe no le va a gustar verte así pero no hay tiempo. Nos vamos muñeca.
— ¿A dónde?
—Rumbo a tu nuevo hogar y será mejor que aprendas a no preguntar. Dulces sueños muñeca.
Un tiempo después la despertaron las voces de sus captores. Iban en un auto.
—Esta está bien guapa, al jefe le va a gustar.
—El jefe quiere matarnos, perdimos un cargamento completo de coca.
—Y por eso le llevaremos a esta. Quizás así se aplaque un poco y salgamos vivos de esa reunión.
—Ya sabes quién, nos dijo que nos la daba barata, nos debía 120 dólares y con ella pues salda la cuenta. Pero le has dado tal golpiza que quizás el Jefe la rechace.
—No me importa, si lo hace me la quedaré yo.
Alejandra no creía que aquello estuviera pasándole a ella. El auto se detuvo en un semáforo y vio un auto de policía.
Aunque el vidrio estaba polarizado, pensó que quizás si se arrojaba sobre el mismo los policías notarían algo. Así que aprovechando que sus captores charlaban entre ellos, se abalanzó sobre el vidrio gritando. No le importó el dolor que sintió en el hombro, aquella podía ser su única oportunidad.
— ¡Auxilio, ayúdenme….!
Su captor la agarró del pelo y la hizo recostarse en el asiento.
—Déjenme ir por favor.
—Cállate idiota. Tu vida como la conoces ha dejado de existir. Te vamos a llevar a tu nueva casa.
—De verdad ustedes no entienden, debo irme. No soy a quien buscan.
Su secuestrador le dio una cacheaba bien fuerte, le agarró el pelo y halándolo con fuerza acercó el rostro de Ale al suyo.
—Niña estúpida y escandalosa. Vas a ser entregada a uno de los jefes de la mafia italiana más peligrosos. Detesta a las lloronas y gritonas. Su casa se ubica en medio del bosque con muros altos. Sus perros guardianes te matarán si osas salir al jardín. Mejor ve acostumbrándote a tu nueva vida.
—Por favor…
La mano de su captor se estrelló en su rostro y no supo más. La siguiente vez que abrió los ojos estaban estacionados y el tipo que la había golpeado le arrojaba agua para despertarla. Salieron del auto y caminaron hacia un pequeño Jet. Estaban en lo que parecía una pista clandestina. Dentro estaba un hombre increíblemente atractivo que la observaba con atención.
—Señor Conti—decía el que la había golpeado—
—Ustedes me deben tanto dinero que debería asesinarlos. Perdieron todo un puto cargamento. Pero son mi único contacto en esta zona. Tienen un mes para cancelar lo que cuesta ese cargamento.
— Lo sabemos, nos tendieron una trampa.
— Asumo que mi nombre nunca fue mencionado.
— No lo fue. Le hemos traído a esta belleza, sabemos que no cubre el costo de semejante cargamento pero es nuestra forma de disculparnos.
— ¿Virgen?
— Sí señor.
— ¿Los golpes en su rostro?
— Mi culpa señor, se me puso un poco violenta.
— ¿Violenta? Algo poco común en las putas. Si ha decidido empezar en esto no entiendo la razón de sus gritos.
— Señor, yo no soy una puta, ellos…
— ¡Cállate idiota! —Tonto uno, la golpeo de nuevo—
El hombre se puso de pie de pronto y agarró al que la había golpeado por el cuello y empezó a apretar. La cara del tipo empezaba a ponerse azul, así que el hombre lo soltó.
—No le volverás a poner una mano encima, ¿de acuerdo?
—Si jefe.
Se volvió hacia la joven y la sujetó del brazo con delicadeza. La ayudó a sentarse a su lado y se volteó hacia ella. Cuando la miró de cerca se quedó sin palabras. La belleza de aquella joven era asombrosa y su polla, que llevaba meses como muerta saltó a la vida. No la dejaría ir, sin embargo estaba curioso por como ella llegó a ese avión.
Chasqueó los dedos y se dirigió a uno de los hombres.
—Busca una manta para cubrirla, parece a punto de congelarse. Y algo de ropa cómoda.
Giuseppe Conti observaba todo aquello, algo feo y nada común sucedía. Siempre tenía ropa de mujer en el avión, porque algunas veces mientras cogía con las putas que le llevaban, la ropa acababa rota.
Una vez que el hombre trajo lo que le pidió, una de las azafatas llegó para ayudarla. La metió al baño y abrió los ojos con horror ante la cantidad de golpes que aquella joven tenía. Pero era la azafata de confianza del señor Conti, no dormían juntos y nunca emitía su opinión. Una vez que le puso un pantalón de pijama de seda y una blusa a juego la envolvió en una manta y la llevo de nuevo con su jefe, quien al verla se puso de pie y le cedió su asiento. Ahí—pensó la azafata—se cocían emociones profundas.
— ¿Cómo acabaste aquí?
Dijo con voz calma mientras le acariciaba el rostro. Pagarían por aquellos golpes. Los sujetos se movieron con la intención de acercarse a ella, entonces dos de los hombres de Giuseppe se movieron cerca, en una clara postura que indicaba que debían quedarse quietos.
—Hace un mes empezaron a seguirme, se pararon frente a donde vivo. Luego de un mes llegaron a la universidad y porque me descuidé no los vi. Me metieron al auto y me dieron golpes sin parar.
— ¿Hace cuantos días pasó esto?
—Creo que tres días, señor.
Giuseppe se volvió hacia los secuestradores y les dirigió una mirada tan llena de furia que Alejandra sintió miedo. ¿Qué haría si la mirara así a ella?
— ¿Secuestraron a una joven a plena luz del día par de imbéciles? Saben que las mujeres que vienen a mi saben a lo que van. Y además ya deben de estar buscándola.
—La seguimos porque nos pareció perfecta para usted jefe. Llegamos a ella porque alguien nos debía dinero y nos la ofreció.
Giuseppe respiraba con agitación. Aquello complicaba todo. Alejandra debía apelar a la bondad que parecía tener con ella.
—Déjeme ir por favor. —Alejandra no tenía interés en nada que tuviera que ver con esas personas, solo quería volver a casa— no diré nada a nadie.
—Lo siento cariño, eres afortunada porque te conservaré para mí, si fueses menos guapa tendría que matarte. Pero mataré a tu familia.
—No…ellos no tienen nada que ver, déjelos tranquilos.
— ¿Quieres mantenerlos con vida?
—Si, por favor.
—Harás entonces lo que te diga. Necesitas asegurarte que todos piensen que te has enamorado y que te iras a vivir conmigo y actúa bien mi niña, porque de ello dependen las vidas de tu familia y amigos.
Giuseppe pensó en lo que debía hacer, en teoría iba a abandonar el país unos días, pero ahora no podía. Necesitaba resolver lo que fuese necesario para que nadie la buscase. Así que pidió que le trajeran un auto y para asombro de Alejandra, diez minutos después estaba ahí. La sujetó de la mano y cuando la sintió estremecerse se detuvo. Esperó ver asco o desagrado en su rostro, pero vio dolor. Se puso de rodillas y levantó la blusa. Dos fuertes hematomas resaltaban sobre la hermosa piel de porcelana. Los secuestradores le miraron con pánico.
—Jefe, no sabíamos si iba a quererla y ella no estaba muy colaboradora.
—Ya charlaremos después. Tienen cinco segundos para desaparecer de mi vista.
La ayudó a descender del avión y la hizo entrar al auto. Cerró la puerta y charló tanto con su chofer como con su guardaespaldas.
—Alejandra es la futura señora Conti. Los dos idiotas que la han golpeado deben ser retenidos pues quizás les necesite más adelante. Pero consigan a sus rivales en negocios y ofrézcanles el doble de lo que los dos idiotas ganan.
—Si jefe.
—Esto es no solo debido a los golpes de Alejandra, ellos saben que no llegó a mí por elección y a futuro nos traerá problemas.
Giuseppe la llevó al apartamento dónde vivía, le temblaba todo pero necesitaba hacer todo bien. Una de sus compañeras la vio corrió a ella emocionada. Se detuvo al verla con un hombre alto y elegante.
— ¿Dónde diablos estabas? Hemos llamado a la policía. ¿Y esos golpes…y quién es él?
—Tranquila Guísela, cuando salía de la universidad me encontré con él, su nombre es Giuseppe. Somos viejos amigos y vino a buscarme para decirme que me amaba y que quería que nos casemos pero nos asaltaron, se robaron mis cosas y cometí el error de resistirme. Pensamos que está relacionado con el auto que me estuvo siguiendo.
—Tonta, eso no debías hacerlo. En un asalto debes entregar todo, ahora comprendo por qué estás tan asustada.
—Lo sé. Pero en fin, vine por mis cosas. Giuseppe me llevará a ver a mis padres para pedirles mi mano.
A la amiga de Ale le extrañaba todo aquello pero realmente conocía poco de la vida de Alejandra, el sujeto daba miedo. Se mantenía en silencio pero, si fuese quien la golpeó Alejandra pediría ayuda. ¿Cierto?
Después de salir y mientras iban hacia la universidad, Giuseppe alabó su trabajo engañando a su compañera.
—No tenía opción, señor Conti.
—Dime Giuseppe, cara.
—Si así quiere que lo llame señor, así lo haré.
—No hables así. No soy tu señor, seré tu esposo.
—No pedí nada de esto, no espere que me muestre feliz.
—Te daré dinero, joyas…
—En su mundo señor Conti, las mujeres se ven atraídas por eso. Yo en cambio no. Una jaula es una jaula sin importar cómo esté decorada.
Alejandra informó en la universidad que dimitía y consideraron una pena que una joven tan brillante suspendiera todo para casarse. En especial tan cerca de graduarse.
— ¿Qué estudiabas?
—Arqueología.
—Una carrera interesante.
—Puede decirse que lo es.
— ¿Y por qué estudiar eso?
— ¿Estamos en el juego de las 20 preguntas?
—Me hablas sin respeto.
—Han sido días difíciles, tengo hambre, estoy cansada. Sé que usted es peligroso, que su mundo es así y entiendo de verdad que sí, que no podía dejarme ir. Pero he pasado tres días de infierno, parece bueno conmigo y se lo agradezco. Pero me siento mal, triste…sin pedirlo he sido arrastrada a su mundo, he tenido que renunciar al mío así que discúlpeme si no estoy feliz.
— ¿Hambre? Ya es medio día, ¿a qué hora te alimentaron hoy?
—Sus empleados no me han dado de comer en tres días.
—Maldita sea con esos imbéciles. Es un milagro que te mantengas de pie. Llegaremos a mi casa en pocos minutos, iremos al avión y volaremos a mi propiedad. En el avión podrás comer bien.
Alejandra sentía sueño, empezó a cerrar los ojos ante la mirada de pánico de su nuevo dueño.
Abrió los ojos con cuidado, estaba en una habitación blanca, una maquina emitía muchos sonidos agudos. Al moverse sintió algo en el brazo y trató de quitárselo. De pronto apareció ante ella el motivo de sus pesadillas. Giuseppe Conti.
Este le sujetó la mano evitando que arrancara lo que la habían puesto.
—Eso es una vía intravenosa por la que te estamos administrando fluidos. Perdiste el conocimiento hace dos días debido a la falta de comida y la poca cantidad de líquido que bebiste.
— ¿Dónde estamos?
—En mi casa, mi médico personal te está atendiendo.
—Necesito sentarme…
—Te ayudaré.
Alejandra estaba muy delgada, notó Giuseppe y muy débil.
—Muero de hambre.
—Es buena señal, pediré que te traigan una crema. No debemos meter comida sólida muy de prisa.
— ¿Cómo sabe tanto, señor Conti?
—No me llames así.
—Señor, usted cree que voy a llamarlo por su nombre y sonreír. Estoy retenida contra mi voluntad, con una amenaza a la vida de mis padres. Discúlpeme si no estoy sonriendo como idiota.
—Espero que este mal genio sea producto de que estas enferma y que no sea tu temperamento actual.
—Eso le pasa por comprarse una esposa sin revisarla primero.
—Mira Alejandra, no me hagas perder la paciencia. Matará a tus padres aunque hagas lo que quiera.
Alejandra se puso muy pálida y Giuseppe maldijo. Dio media vuelta y abandonó la habitación. Ella sacaba lo más fuerte de su apellido pero su madre le abofetearía si lo miraba tratando así a su futura esposa.
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