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Author: Cassandra HartQuería levantarse, caminar, moverse.
Cuando ella se ponía tensa siempre salía a correr, uno, dos, cinco kilómetros. Era buena atleta y se mantenía en buena forma. En su barrio siempre la miraban con sorna. Le decían que se sentía más que los demás pero que ella era simplemente la hija de una empleada doméstica. Por eso se había matado estudiando, para llevarse a su mamacita lejos de ese pueblo de víboras. Ale sabía lo que era dormirse con hambre, sabía lo que significaba cenar sola, de niña les creía a sus papás cuando le decían que habían cenado antes.
Luego entendió que ellos simplemente habían escogido no hacerlo. Una de las veces que más permanecía en su mente era el día que un perrito al que habían dado refugio saltó sobre ella y jugando le quitó un trozo de carne, recordaba haber llorado diciendo: Mi deliciosa comida…mi carnita.
Aquella vez su mamá había llorado con ella. Pero para Ale su mamá era mágica, porque media hora después comía carne. Tenía 5 años ¿y qué niña a esa edad se pone a pensar, en como su mamacita había conseguido más carne? Años después supo que había ido a pedirle comida a su vecina. Cuando pensaba en lo humillada que debió sentirse se le hacía un nudo en el estómago. Por eso dejar el país, le afectaba. Pero era peor pensar que si no lo hacía acabaría muerta. Su mamá se había sacrificado por ella, Ale debía hacer lo mismo.
—Tranquila Ale.
La voz de su dueño la trajo de nuevo al presente. Giuseppe sostenía un pañuelo y se lo estaba ofreciendo.
No había sido consciente de que lloraba.
Se levantó para ir al baño y se tambaleo un poco. Aquel era su primer viaje en avión.
Entró al baño y empezó a vomitar, tiró de la cadena y se enjuagó la boca. Entonces solo entonces se miró en el espejo, y la mujer que le devolvió la mirada no era ella. No lo parecía.
Tenía los ojos inflamados, las mejillas pálidas, realmente pálidas. Se sentó en el suelo y empezó a balancearse de adelante hacia atrás.
Escuchó a la aeromoza llamándola pero no podía moverse, no le salía la voz. Se acurrucó en el suelo y cubrió sus oídos mientras en su mente tarareaba alguna tonada. Segundos después él estaba fuera.
¡Por supuesto que lo haría! Y sonaba desesperado.
¿Pensaba que se cortaría las venas con el rollo de papel higiénico? ¿Qué saltaría del avión por la diminuta ventana que estaba totalmente sellada?
—Abre la puerta, Cara.
—Déjame sola. Estoy en el sanitario por Dios.
—Cinco minutos, cara. Después tumbaré la puerta.
¡Cinco minutos, cara! ¡Cinco minutos, cara! ¡Cinco minutos, cara!
¡Maldita suerte! ¿Debía sonar así de sexi? ¿Tan carente de un orgasmo estaba que se ponía a mil con la voz de ese italiano? Era virgen, pero jugaba ella sola. No era la versión femenina de un Eunuco. Era una mujer joven, sana…. ¿A quién engañaba? Era una virgen patética que se tenía que dar sus gustos ella sola. Ningún hombre había mostrado interés del tipo sexual en ella. Y ahí tenía un hombre ¡Y qué hombre! Interesado en darle bongo bongo.
Las tripas sonaron en aquel momento. Así que salió con calma. Giuseppe la miraba con preocupación.
—Tengo hambre.
—Vamos a que comas algo.
—Gracias.
Mientras esperaba la comida cerraba sus puños con fuerza, Giuseppe le sujetó las manos y frunció el ceño al sentirlas tan frías.
—Tranquila Ale.
—No puedo evitarlo.
Las lágrimas seguían cayendo y Giuseppe se sentía impotente, el mal humor tomó control y causó el inicio de lo que serían días de pesadilla.
—Ale, no puedes andar llorando todo el día.
—Descuida Giuseppe, no te avergonzaré frente a tus amigos.
—Esa idea no se me pasó por la cabeza y si hicieras algo dentro de lo que consideras que puede avergonzarme, mis amigos lo verán solo como una excentricidad.
—Pues vaya amigos que tienes. ¿Tienes amigos de verdad?
—Ellos son mis amigos de verdad.
—No, son solo lamebotas.
—No tienes idea de lo que estás diciendo. Tus amigos pobres no son mejores que mis amigos ricos.
—Al contrario, al menos sé que estaban conmigo porque me querían.
—Alejandra, deja de decir idioteces.
—Así que así será nuestro matrimonio. Alejandra callada todo el tiempo, soy tan solo una adquisición.
—Pues sí. Te dije la verdad, si estás a mi lado por las buenas, serás feliz.
—Lo mismo daría una muñeca inflable….aunque pensándolo bien, sería mucho mejor que yo. Porque con una de esas tendrías sexo cada que quieras.
—Ale. No pienses por un segundo que no nos acostaremos.
—Será violación.
—Será una relación física entre marido y mujer. Déjate de idioteces que tus papás acabarán pagando.
—Soy un objeto, podrías buscarte un jarrón.
—No es tan mala idea, los jarrones no hablan.
—Espero que un día, te veas en una situación que no puedas controlar. Donde te someten, dobleguen y obliguen a hacer algo que no quieras.
—Soy el heredero de la familia Conti. Soy invencible.
—Lo que digas, Giuseppe. Lo que digas.
—Termina de explicarme eso de los amigos.
—No tienes amigos reales, porque un amigo es el que te dice que algo está o no está bien, si tus amigos sin importar lo que hagas lo aprueban, están tras tu dinero. Y no me importa si te molestas.
— ¿Qué te pasa? No eras tan agresiva allá en México.
—Nada, solo estoy cansada. Han sido días infernales.
—Ale, ¿cómo te enteraste de lo de mis perros?
—El tipo que me secuestró dijo que si me atrevía a escapar, tus perros me comerían.
— ¿Y aun sabiendo eso, te saliste por la ventana?
Giuseppe sonaba incrédulo y Ale le miró con extrañeza. Había algo en la voz de él que le dejaba claro que no le creía.
—Sí, pensé que si iba a morir prefería siendo comida y no después de ser violada.
—De mis perros no sabe nadie en América y los que los han visto no cuentan el cuento. ¿Acaso me has espiado durante algún tiempo?
— ¿Qué si te he espiado?
—Alguien de dentro de mi familia te ha mandado. Dime la verdad.
—Antes de seguir ofendiéndome, pregúntale al tipo que me secuestró.
—Lo haré y si no me dices la verdad, te mataré.
—No me importa y casi deseo que te lo niegue. Hablaste de amor y confianza y a la primera empiezas a pensar mal. Dejo mi país, a mis padres y soy llevada quiera o no a Estados Unidos, perdona si no hago una fiesta.
El resto del vuelo fue en total silencio. Alejandra rechazaba la comida o las bebidas. Giuseppe no trataba de insistir, estaba seguro de que ella no era quien decía. Quizás la cantidad de personas que le habían traicionado eran las responsables de que fuese desconfiado, y en algunas horas, acabaría arrepintiéndose de los sucesos que vinieron después de llegar a Estados Unidos.
Una vez en tierra, Giuseppe la miró con enfado.
—Te quedarás ahí quieta mientras llega el auto que te llevará al apartamento donde ponemos a los que están bajo investigación.
—Me da igual. No creas que cuando se confirme todo te perdonaré.
—Las condiciones no cambian, estas cosas son parte de un proceso normal. Si eres inocente volverás a mí, recuerda que la vida de tus padres depende de ello.
—Te odio.
—No trates de huir, ni de pedir ayuda. Cuándo tenga los resultados de la investigación iré a verte. Te atenderán bien.
Cuando el auto que la llevaría a esa casa estaba por llegar, un tercer auto se enrumbó hacia ellos. Alejandra vio el pánico en el rostro de Giuseppe, lo escuchó gritar su nombre pero fue inútil. Dos hombres armados salieron del auto y tras un intercambio de disparos, lograron llevársela.
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