Download the book for free
CAPÍTULO 2
Author: Day Torres— ¡Maldita sea…! — exclamó.
¡Era increíble! Con los labios entreabiertos y la expresión anonadada la mujer vio cómo se llevaban sus cosas. ¡Tratando de ayudar a aquel estúpido, irresponsable, inconsciente, perfecto desconocido le habían robado todas sus pertenencias!
Entonces un Vesubio femenino hizo erupción.
— ¿Eres idiota o qué te pasa? — gritó volviéndose hacia Ángelo aún con la navaja ensangrentada sin replegar. — ¿Cómo se te ocurre andar por aquí de madrugada? ¿Estás buscando que te maten?
La increpación fue un choque eléctrico para el italiano. No estaba acostumbrado a semejantes exabruptos, no estaba acostumbrado a que le gritaran, y menos una mujer… ¡ni siquiera aquella mujer!
— ¡Oye, yo puedo andar donde quiera cuando quiera! Si me asaltan o me matan es mi problema.
— ¡Es tu problema cuando no hay nadie más observando…! ¿O creíste que sólo iba a detenerme a ver?
Él dudó por un segundo.
— Creí que ibas a gritar.
La mujer le sonrió con evidente sarcasmo. ¿Por qué los hombres tenían que formarse siempre esa imagen de una dama aterrorizada gritando por su vida? ¡Dios… estaba tan trillado!
— Ya veo con qué clase de mujeres acostumbras a estar. — replicó — ¡Pero si de aquí en adelante quieres ponerte en situaciones de peligro, al menos intenta no involucrar a otros!
— ¡Yo no te involucré, con que no intervinieras era más que suficiente! — se defendió él con visible desagrado, dejando salir toda la vehemencia de carácter que implicaba ser un Di Sávallo — ¡Esto no era asunto tuyo! ¡De las consecuencias que me traigan mis actos deja que me encargue yo!
Pero antes de que Ángelo supiera lo que pasaba, ya ella lo había arrinconado contra la pared y limpiaba en la pulcra camisa blanca la sangre de su navaja.
— ¿Te has vuelto loca…?
— Eso es para que recuerdes que tus actos pueden traer consecuencias a los demás. — lo desafió — ¡Tuve que herir a ese hombre por tu causa!
— ¡Yo no te dije que lo hicieras! — bramó Ángelo, intentando en vano hacer desaparecer la sangre frotando la tela.
— ¡Tuve que hacerlo para que supiera que estaba hablando en serio! De lo contrario se hubiera enfrentado a mí, y entonces las cosas se habrían puesto muy difíciles.
Le dio la espalda para marcharse, presa de una ira que destellaba a través de las largas y negrísimas pestañas, pero él la asió de un brazo con brusquedad y la obligó a volverse.
— No soy tan inútil como al parecer piensas, y tampoco soy un cobarde. ¡Si las cosas se hubieran puesto difíciles te habría protegido!
Sin embargo, antes de que pudiera seguir hablando ella lanzó un ataque casi imperceptible contra la mano que la retenía. Era un mecanismo de defensa instintivo, un reflejo del que no lograba deshacerse a pesar del tiempo, y en el siguiente segundo Ángelo sintió un dolor tan punzante que creyó que le había roto la muñeca.
Apretó los dientes y la miró con ferocidad mientras se examinaba el área lastimada.
— Yo no dije que pudiera ser difícil para mí, sé protegerme bastante bien. En cambio, es obvio que tú no puedes ni siquiera cuidar de ti mismo, así que hazte un favor y no salgas solo de noche, sé un buen niño y acuéstate temprano.
Se dio la vuelta para marcharse pero algo la detuvo, tal vez la conciencia de no dejar nada sin reparar, era una promesa que se había hecho hacía mucho tiempo. Dejó caer los hombros con resignación y se acercó al corredor.
— Dame la mano.
— ¿Quieres terminar de romperla?
— ¡No seas estúpido, si te la hubiera roto estarías gritando! — se reprochó su impaciencia y su falta de tacto por un breve instante, pero de cualquier modo era algo que no podía soportar, a la gente irresponsable, a la gente que se ponía en peligro sin necesidad… — ¡Dámela!
Y aunque su orgullo al ser sorprendido por una mujer lo aguijoneaba, la fuerza de su curiosidad por tan raro espécimen del sexo opuesto superó todas las reservas del italiano. Por lo general las mujeres con capacidad física para defenderse de aquella manera no solían ser tan condenadamente sensuales.
— Por favor, ¿me dejas revisar tu mano? — dijo ella haciendo acopio de tolerancia.
Y aquel imprevisto rapto de cortesía lo desarmó. Ángelo alargó el brazo y su contacto fue tan cálido que no pudo evitar un suspiro agradecido, hacía un frío horrendo y ella parecía ser fuego puro.
— No te he hecho demasiado daño. Procura no llorar. — advirtió mientras daba un leve tirón a la muñeca y luego comenzaba a masajear con dedos expertos desde la palma hasta las articulaciones metacarpianas, con una dedicación tan placentera que para el hombre rayaba casi en el erotismo.
— Si arruinas esa mano arruinas mi carrera. — aseguró él con la elemental arrogancia de los hombres del Imperio.
— ¿Pianista? ¿Tenista?
— Piloto de rally.
— Ya veo… Es cierto, si arruino esta mano te echo a perder. Los hombres como tú tienen más instinto que cerebro.
Ángelo abrió los ojos y su nariz se dilató en una respuesta de rabia, pero no tuvo tiempo de replicar. ¡Aquella mujer era tan… exasperante, tan… suficiente! ¿Cómo se atrevía a decir algo así con tanta naturalidad?
— Dile a una de tus novias de turno que te ponga hielo. — indicó ella.
— ¿Por qué supones que tengo tantas novias?
— Aprendí matemáticas en la escuela ¿sabes? Puedo juntar sin problemas dos y dos. Piloto de carreras, seguramente con más dinero del que puedes gastar, asediado por los medios, atractivo: no es difícil sumar para saber que las mujeres deben pegarse a ti como garrapatas. — calculó sin darle aparentemente mucha importancia.
Pero su última afirmación había provocado una extraña reacción en el italiano.
— ¿Crees que soy atractivo? — preguntó acercándose.
— Cuando no eres un idiota… — contestó ella de repente poniendo su aliento cálido a tres centímetros de la boca masculina, y entonces se dio cuenta de que eso solo significaba provocarse a sí misma, porque no cabía dudas de que aquel hombre tenía algo muy interesante — Ponte hielo y estarás como nuevo mañana. — dijo soltándolo, nerviosa — Prometo que no se inflamará.
Y acto seguido se alejó con paso seguro.
Ángelo sacudió la cabeza como despertándose de un sueño y se permitió admirarla por primera vez.
Debía tener unos veinticinco o veintiséis años, aunque su rostro revelaba menos edad. Pasaba del uno setenta de estatura y a pesar de la sinuosidad provocativa de sus curvas debía pesar unos sesenta kilogramos. El cabello tenuemente cobrizo y ondulado le llegaba casi a la cintura.
Los pechos generosos, las caderas delineadas, y unas piernas largas y atléticas denunciaban a una mujer con una potencia sexual arrolladora. Tenía la piel ligeramente bronceada, los labios gruesos, deliciosos, y los ojos más indescifrables que Ángelo hubiera imaginado. Todo en ella, desde su acento hasta la sensualidad de sus gestos denotaba genes latinos.
La vio apretar los puños y avanzar con decisión. A pesar de la semi penumbra percibió el escalofrío que la recorría y entonces cayó en cuenta: estaba descalza y sin abrigo, en medio de una madrugada de noviembre que había descendido a los once grados de temperatura.
El ladrón se había llevado todas sus cosas. ¡Y él había estado tan embebido en su discusión y en el contacto de sus manos durante los últimos quince minutos que había olvidado por completo que ella estaba congelándose!
¿Cómo podía haber sido tan idiota?
— ¿A dónde crees que vas? — Ángelo la interceptó en un instante y la atrajo contra su cuerpo, intentando cerrar las solapas de la cazadora tras su espalda desnuda — ¿Te has vuelto loca? ¿Sabes a qué temperatura estamos? ¿A dónde piensas ir así?
Y cualquier intento de rebelarse se vio frustrado por el frío. Con la adrenalina apenas se había percatado de que no llevaba más que un ligero vestido, pero una vez que el shock había pasado, una ráfaga de viento gélido le había helado hasta los huesos. Pero aun así el frío era menos peligroso que la calidez llena de sensualidad que desprendía el cuerpo de aquel hombre.
— Me voy a casa. ¿Qué te parece? — contestó tiritando contra su pecho.
— ¿Descalza y sin dinero? — la regañó, exteriorizando de una vez por todas aquel sentido de dominio incuestionable que gobernada el carácter de los Di Sávallo — Ese hombre se ha llevado todas tus pertenencias. ¿Crees que llegarás lejos así? ¿O es que todavía guardas algo en tus bragas?
— No te preocupes por mí. — se defendió.
Pero el instinto de supervivencia que la hacía rechinar los dientes le recordó que a veces era mejor ceder.
— ¡No me preocupo por ti, me preocupo por las consecuencias de mis actos! — murmuró él quitándose la cazadora para ponérsela con gesto vehemente. Cerró los brazos a su alrededor y enterró la cabeza entre sus cabellos para acariciarle el cuello con su aliento. — ¿No era eso lo que querías, que me hiciera responsable?
Sacó el celular y marcó en el discado rápido el número de su chofer personal. Había sido una verdadera estupidez eso de salir solo.
— Dago, creo que estoy a dos calles de la Avenida Montenapoleone. Ven a buscarme de inmediato. — ordenó con firmeza.
Se inclinó y levantó a la muchacha como si fuera una pluma, era en verdad bastante menuda a pesar de la destreza que poseía. Pero el solo hecho de sostenerla contra su cuerpo de aquella forma le produjo un estremecimiento desconocido. Su olor era peligrosamente seductor.
— ¿Qué crees que estás haciendo? — gritó ella revolviéndose.
Jamás un hombre la había levantado en brazos, y a pesar del frío que sentía intentó zafarse.
Pero una brusca sacudida del italiano la dejó quieta y muda en su lugar.
— ¡Mujer! ¡Este no es momento para discutir! Cuando estemos a cubierto podrás pelear conmigo todo lo que quieras. ¡Pero ahora, mantente quieta! — y la exclamación no daba lugar a debate.
Aquel hombre estaba acostumbrado a ser obedecido de una manera incondicional, y era obvio que en ese instante no iba a permitirle una excepción. Además, de alguna extraña forma, resultaba agradable estar allí, suspendida en el aire, sostenida por unos brazos que, supo, no se cansarían con facilidad.
— Malena. — murmuró la chica aferrándose a la calidez de su pecho — Mi nombre es Malena Hitchcock.
— Ángelo Di Sávallo. — se presentó él, echando a andar en la oscura madrugada con ella en brazos — Es un gusto tenerte.
Share the book to
Facebook
Twitter
Whatsapp
Reddit
Copy Link
Latest chapter
Bailando con Malena (2do Libro) EPÍLOGO
— ¡Oh, Dios bendito! Cariño &iq
Bailando con Malena (2do Libro) CAPÍTULO 30
— ¿Es que te has vuelto loco? — lo increpó Malena con dulzura.— No, creo que más bien he recuperado la cordura. Pero aún no contestas mi pregunta.
Bailando con Malena (2do Libro) CAPÍTULO 29
— ¿Estás seguro de esto? — Alessandro se inclinó hacia él por última vez, convencido de que su hermano se había vuelto loco, pero feliz después de todo porque sabía que por fin lograría encarrilar su vida con la mujer que amaba.
Bailando con Malena (2do Libro) CAPÍTULO 28
Malena no pudo evitar que su respiración se volviera entrecortada y ansiosa, y que una sonrisa de absoluta felicidad le aflorara a los labios cuando sintió por primera vez a su bebé.
Bailando con Malena (2do Libro) CAPÍTULO 27
Malena supo que debía abrir los ojos cuando el olor que llenaba la habitación la despertó. Ya debía ser de noche, porque la iluminación tenue de la lamparilla junto a su cama fue lo primero que le acarició los párpados. Olía delicioso, a sopa de pollo y vegetales horneados y eso le recordó que debía levantarse y comer. El doctor se lo había dicho, debía alimentarse y subir de peso, necesitaba estar fuerte.
Bailando con Malena (2do Libro) CAPÍTULO 26
Ángelo retrocedió vivamente, llevándose la mano a la mandíbula mientras Ryan lo miraba furioso desde la entrada el departamento. No solo él, cualquiera habría subestimado la fuerza del desgarbado bailarín, pero lo cierto era que pegaba con la violencia innata de un boxeador.— ¿Ya vas a dejarme entrar? — le preguntó, sin responder a la agresión, porque sabía que la merecía.
Bailando con Malena (2do Libro) CAPÍTULO 25
Cuatro meses después…
