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Last Updated : 2020-11-07
Bailando con Malena (2do Libro)

Bailando con Malena (2do Libro)

Spanish
·
18+
·
Completed
By:  Day Torres

31

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10
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428

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Synopsis
Piloto de rally: Listo!Millonario: Listo!Seductor: Listo!Atractivo: Como un Dios!Capaz de aguantarse las ganas: JAMÁS!Ángelo Di Sávallo era de naturaleza caprichosa, más si ese capricho era una mujer hermosa que no parecía tener el más mínimo interés en él.¿Que a Malena no le gustaban los hombres? Eso estaba por verse. Si no podía conseguirla como al resto de las chicas, quizás el hecho de tenerla como guardaespaldas le daría la oportunidad de descubrir todos sus secretos. De una forma u otra iba a hacer que admitiera que lo deseaba, aunque para eso tuviera que convertir la vida de su jefa de seguridad en un circo!!!
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Chapter 1

CAPÍTULO 1

— ¡Demonios! ¡No puedo creer que esto esté pasando! — murmuró Ángelo con el acento demudado por la rabia mientras sobornaba al barman para que lo sacara por la puerta trasera del club.

Escapar de aquella manera no era propio de ningún hombre que llevara el apellido Di Sávallo, pero situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas, y en aquel preciso momento no estaba en condiciones de lidiar con la prensa, las luces de las cámaras y mucho menos las preguntas indiscretas. Después de todo estaba allí para vacacionar, para relajarse…

— ¿Cuándo pensarán dejarme en paz?

Salió al callejón detrás del club, tambaleándose un poco, y el aire de la madrugada fue un golpe frío que le sacudió los tragos de más y le despejó la cabeza en un segundo. La temperatura había bajado considerablemente desde la tarde y aquel prometía ser un invierno bastante frío. Gracias a Dios había logrado esquivar a los periodistas, porque su hermano Marco literalmente le arrancaría la cabeza si al día siguiente se encontraba en el diario una foto suya en plena borrachera.

¡Ante todo había que cuidar el apellido!

Sonrió pensando en la hazaña de su fuga y miró a ambos lados de la callejuela sin estar muy seguro de a qué nuevo club dirigirse a aquella hora. Había estado muchas veces en Milán, pero siempre acompañado de uno de sus hermanos y por supuesto, nunca se le había ocurrido la brillante idea de irse solo a un antro que no conocía.

Aquello de ser uno de los dueños del Imperio estaba resultando un poco perjudicial para su diversión, y si a eso le sumaba su recién obtenido título tras la tercera temporada del Campeonato Mundial de Rally, entonces la conclusión era que no podía mover un pie sin que una horda de paparazzi corriera tras él. Y ese no era el objetivo de su viaje.

Había ido a Milán porque necesitaba descansar y divertirse, conocer alguna chica fácil, pasarla bien y olvidar que su hermana Flavia estaba desatando la Tercera Guerra Mundial en casa de su madre. Había ido a Milán porque noviembre en aquella ciudad era un mes sumamente agradable para liberar las tensiones de su agitada vida de piloto de carreras y, de cuando en cuando, de magnate de los negocios.

El Imperio Di Sávallo, dirigido por su hermano Marco, no había recibido ese nombre por puro gusto. Les había costado años de esfuerzo y sacrificio a los seis hermanos levantar y diversificar la compañía hasta hacerla un consorcio multimillonario, pero la recompensa había sido que después de eso cada uno había podido dedicarse a lo que más deseaba.

Ángelo, por su parte, se había metido en el mundo de las carreras de rally, no solo como piloto, sino también como socio mayoritario de la Productora Lancia, de modo que a sus treinta años su vida era una vorágine de decisiones.

Se llevó las manos a los bolsillos y exhaló con resignación: todo parecía indicar que no lograría disfrutar ni un poco de sus vacaciones si no seguía el consejo de Marco. Mientras caminaba distraídamente pensó en las palabras de su hermano, necesitaba un equipo de seguridad para “escoltarlo”.

Hasta ese momento Ángelo se había negado categóricamente porque pensaba que tener un par de gorilas a cada lado todo el día, diciéndole qué hacer, lo volvería loco, pero era obvio que tendría que ceder. La prensa lo asediaba hasta en los lugares más impensados, de modo que no quedaba más remedio que protegerse de su insistencia.

Miró atrás un segundo, intrigado por un ruido que no parecía venir de muy lejos, pero en el oscuro callejón, apenas iluminado por un par de focos, no podía ver ni su propia sombra.

¡Ese era el resultado de irse de juerga solo! Y encima, con las prisas por escapar, había olvidado llevarse a alguna de las hermosas chicas que habían estado acosándolo toda la noche.

Pasaba ya de las dos de la madrugada y la ciudad, increíblemente, estaba silenciosa. Ángelo había esperado más movimiento de una metrópoli moderna como aquella, pero en cierta medida la tranquilidad lo reconfortó. Siempre había demasiado ruido a su alrededor, a cualquier hora del día, y momentos como aquel eran invaluables.

Sin embargo, el exceso de silencio tampoco era un buen presagio. Apretó el paso, intentando llegar lo más pronto posible al final de la calle, que desembocaba en una avenida bastante iluminada donde seguro no tardaría en encontrar un taxi, pero un violento empujón lo estampó contra una pared a seis metros de lograr su objetivo.

— ¡Si te mueves eres hombre muerto! — aseguró la voz cascada y fría a sus espaldas.

Sin embargo, cuando unas manos lo afianzaron por la parte posterior de la cazadora y lo giraron, Ángelo por poco se echa a reír a carcajadas. El ladronzuelo no pasaba del uno setenta de estatura, flaco y desgarbado, con los ojos hundidos, los labios temblorosos y tal expresión de hambre que más que temor le produjo lástima.

Era evidente que debía estar muy desesperado para amenazar a una persona como él. Con su más de uno noventa de altura, y una complexión visiblemente poderosa que se percibía aún bajo la enorme cazadora, habría sido pan comido para el corredor dejar a aquel hombrecillo en un estado de total inconsciencia; pero dos cosas le impidieron defenderse en ese instante: la primera fue el cuchillo que rozaba su garganta, y la segunda fue la mujer que se detuvo de repente en la intersección entre la callejuela y la avenida.

Ángelo no pudo evitar centrar toda su atención en ella mientras el ladrón le registraba los bolsillos. Parecía indecisa, expectante, como si de un momento a otro fuera a echar a correr, y él se entretuvo contando los segundos que tardaría en ponerse a gritar. ¡Era un acto reflejo de las mujeres eso de ponerse a gritar por todo!

Contradiciendo sus suposiciones la vio agacharse despacio y llevar las manos a sus pies, como si jugara con sus zapatos. ¿Sería una cómplice del atacante? Se preguntó de pronto. ¿Estaría vigilando que nadie fuera a rescatarlo en el último minuto? Todo podía ser, aunque aquella chica estaba demasiado bien vestida para ser la ayudante de un vulgar delincuente.

— ¡Tu reloj! — lo apremió el ladrón y Ángelo se llevó la mano instintivamente a la muñeca para proteger la joya.

Aquel Rolex había sido un regalo de su madre por su primer campeonato mundial y no estaba dispuesto a perderlo, pero el frío cortante del acero sobre su piel lo disuadió de permitir que se lo arrancaran de un brusco tirón.

— Sosténmelo por unos minutos. — dijo con voz gélida — Lo recuperaré apenas intentes dar un paso para apartarte de mí.

A pesar de su amenaza en los ojos del asaltante no había miedo, solo una muda desesperación. ¿Acaso pensaba matarlo? Si era así iba a descubrir muy pronto que doblegar a un Di Sávallo no era asunto sencillo; pero los pensamientos de Ángelo fueron momentáneamente interrumpidos por un gesto ligero de la mujer, que todavía permanecía en la entrecalle.

La vio quitarse la gruesa gabardina negra con un movimiento sutil y dejarla caer al suelo sin hacer un murmullo. Acto seguido se descalzó los tacones de trece centímetros y… ¿eso era lo que estada haciendo? ¿Desatando sus zapatos?

Llevaba un vestido azul tormenta que dejaba al descubierto sus hombros y hacía delicados pliegues a la altura de sus caderas. Ni siquiera le llegaba a la rodilla, de modo que sus movimientos no se vieron entorpecidos cuando se acercó corriendo con la agilidad y el silencio del felino que ataca.

Descalza, grácil, y tan misteriosamente bella que Ángelo no pudo hacer otra cosa que observar fascinado. Aquella mujer era una sombra más de la noche, una ráfaga de aliento imperceptible, se deslizaba sobre las puntas de los delicados pies, casi aérea, envuelta en un silencio fantasmal.

Cuando el ligerísimo “clic” de la navaja al desplegarse sonó, ya el ladrón no tenía escapatoria. Firmemente apretada contra su espalda ella lo mantenía inmóvil, una mano aferrando su barbilla y la otra delineando la curva de su garganta con la navaja.

— ¿Nadie te ha dicho que a esta hora de la madrugada los niños deben estar en casa? — dijo con una voz suave y musical que denotaba un leve acento extranjero — Si vas a hacer algo como esto, entonces sé el mejor, si no déjaselo a los profesionales.

El hombrecillo tembló un segundo y Ángelo se preguntó si ella sería uno de esos profesionales. Era usual aquello de pelear por los territorios de caza entre delincuentes, pero…

— ¿Serías tan amable de dejar de amenazar al señor? De lo contrario tendré que ponerme un poco… violenta ¿sabes?

El ladrón dejó caer el cuchillo mientras contenía la respiración.

— Ahora quiero que le devuelvas todas sus pertenencias al señor. — ordenó con tal delicadeza que parecía más una petición que un mandato.

Ángelo recibió sus cosas, se colocó de nuevo el reloj y no pudo evitar sonreír. La situación era tan inusual. ¡Era una verdadera locura! La miró con agudeza pero ella ni siquiera parecía darse cuenta de su presencia, estaba completamente absorta en el cuello que sostenía.

— Muy bien, querido. ¿Será que quieres irte ya o prefieres quedarte a jugar con nosotros un rato más?

— No… no, señora… — fue la respuesta entrecortada del pobre hombre — me… me voy…

— ¡Espera! — lo detuvo Ángelo.

No supo por qué lo hacía, pero sacó todo el dinero que llevaba en la cartera y lo puso en el bolsillo delantero de la chamarra desgastada del ladrón.

Solo entonces ella levantó la cabeza y lo miró fijamente durante un largo segundo, sus ojos cafés lo atravesaron, interrogantes y orgullosos a un tiempo, con una expresión insondable, y en el espacio de un parpadeo le regaló una sonrisa.

— Ahora ya te puedes ir. — consintió ella por fin, pero a medida que liberaba al hombre dibujó con experta precisión un fino corte en la parte posterior de su cuello, manchando de sangre la navaja.

Ángelo apenas tuvo tiempo de reaccionar y amagó un movimiento para detenerla, pero una mirada de furiosa advertencia lo detuvo al instante.

— La próxima vez que pienses en robar a alguien — dijo mientras el hombre se llevaba la mano a la nuca con la respiración entrecortada por el miedo — piensa que esto podría volver a pasar, y que tal vez tu oponente no te deje salir tan ileso como yo.

La insinuación era clara y el ladronzuelo echó a correr con todas sus fuerzas hacia la avenida iluminada. Pero en medio de su huida se detuvo de pronto, se agachó, recogió la gabardina y los zapatos que la mujer había dejado en el suelo y se perdió en la noche, dejándolos atónitos.

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