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CAPÍTULO 4
Author: Day TorresFabio dio dos, tres, cuatro vueltas en la cama y se incorporó de golpe. El reloj marcaba las cinco treinta de la mañana y apenas había logrado dormir un par de horas en toda la noche, era imposible dormir sabiendo que tenía la tentación tan cerca.
Ocho horas antes no había podido evitar asomarse al balcón de su recámara para verla salir de la alberca, chorreando el agua por su esbelto cuerpo con el largo cabello ondulado pegándose a su espalda, rozando aquel trasero firme y redondeado.
“¡Basta, Fabio – se reprendió- “o serás el primero en ceder!”
Pero unos golpes fuertes en la puerta de su habitación y una Valentina completamente mojada, aún en ropa interior y con actitud desafiante habían amenazado con quebrar su resolución.
— ¿Qué quieres?
— Ropa. ¿Qué te parecía? ¿Qué venía buscando un poco de calor humano?
— No voy a comprarte ropa, querida, y créeme, no vas a salir a hacerlo tú.
— ¿Y cómo pretendes que ande por ahí? ¿Con las mismas bragas sucias todo un mes?
— De hecho preferiría que ni siquiera te las pusieras. — pero aquella insinuación no había hecho sonrojar a Valentina; por el contrario, había dibujado una malévola sonrisa y se había dado la vuelta para dirigirse a la habitación frente a la suya, moviendo provocativamente aquel espléndido trasero.
Fabio se enredó los dedos en el cabello y ahí los dejó, pensativo. ¿Qué diablos era lo que le atraía tanto de aquella mujer? Tenía un cuerpo espectacular, pechos generosos, caderas anchas y una cinturita casi infantil… pero había algo más. Valentina cambiaba de humor con cada respiración, era una chispa siempre dispuesta a desatar el incendio, y aun así mantenía una fachada de absoluto autocontrol.
Él mismo no había tardado mucho en catalogarla como una chica fácil e interesada, pero definitivamente no era el tipo de chica fácil que conocía; Valentina no era la gata que lanzaba la piedra y luego escondía la mano, haciéndose la inocente. Era una mujer hecha, dura y fría, que no había dudado en sacar a su hermana de en medio. Era una mujer que sabía lo que quería, lo decía y luego iba por ello. Y eso precisamente la convertía en una compañía muy peligrosa; inteligente, sensual y peligrosa.
Fabio saltó de la cama y se fue a la ducha, después de semejante insomnio lo que necesitaba era una buena rutina de ejercicios para agotar su cuerpo y poder descansar un poco; y sabía que necesitaría fuerzas para enfrentarse al reto que suponía tenerla a su lado.
Salió del baño secándose el cabello y cuando se detuvo frente al ropero su rostro se transformó en una mueca de incredulidad. Abrió uno tras otro los cajones y las puertas, y en contados segundos el grito que escapó de su pecho retumbó por todos los rincones de la casa.
— ¡Valentina!
Una risa que rayaba en el cinismo lo hizo enrojecer aún más.
— ¡Valentina!
Cuando la vio aparecer en la puerta de su cuarto tuvo que hacer acopio de paciencia para no propinarle una buena nalgada. Estaba preciosa acabada de levantar, con una ligera camiseta suya puesta.
— ¿Me quieres explicar dónde demonios está mi ropa? — siseó.
— Aquí. — rio la bruja lanzándole a la cara unos calzones limpios, que él agarró al vuelo con una mano mientras con la otra intentaba sujetar la pequeña toalla en torno a sus caderas.
— ¿Qué significa esto, Valentina, dónde está el resto de mi ropa?
— Ya no tienes.
— ¿Cómo que ya no…?
— Me la he llevado mientras dormías y la he escondido. Me pareció que era lo justo.
— ¿Lo justo?
— Sí, justo. — recalcó Valentina apoyándose cruzada de brazos en el marco de la puerta y enarcando una ceja juguetona — Verás, Fabio, anoche tuve que lavar mi ropa interior y esperar toda la noche a que se secara para poder ponérmela hoy.
Se dio vuelta y se dirigió hacia la cocina, en la que humeaban ya dos tazas de café. Fabio la siguió anonadado.
— ¿Y eso a mí qué me importa? — preguntó llevándose una de las tazas a los labios.
— Pues debería importarte, he tenido que pasar la noche completamente desnuda.
Fabio se inclinó hacia adelante tosiendo, atragantándose con el café mientras ella le daba condescendientes palmaditas en la espalda.
— ¿Muy caliente?
— ¡Valentina, te juro…!
— No jures nada, querido. Y por favor no te enojes, solo estoy tratando de hacer más parejo el juego. Lo justo es que si yo solo tengo mi ropa interior, tú solo puedas tener unos calzones. ¿Vas a ponértelos o prefieres seguir sosteniendo la toalla? — pasó tras él y le palmeó el trasero con una carcajada — ¡Me encantaría que de repente se te cayera!
Fabio resopló enojado y fue a meterse detrás de la barra para ponerse el bóxer.
— ¿Es que no tienes un ápice de vergüenza?
— No, ni uno. — murmuró contemplándolo — Si tú no te lo niegas, no veo por qué tenga yo que negarme el placer de la vista.
Después de todo él era un hombre en toda regla, y casi sintió que le faltaba el aire cuando lo vio así, tan sensual, solo con aquellos bóxer apretados que le ajustaban… bueno… ¡todo! Se volvió hacia la estufa mordiéndose los labios, intentando controlar la respiración, pero pocas cosas había sobre ella que al italiano se le escaparan.
— ¿Y entonces? — dijo acercándose a su espalda — ¿Te ha gustado la vista?
Valentina detuvo el tenedor con que batía el omelet y disfrutó de su cercanía. Estaba segura de que si Fabio se ponía a sí mismo en riesgo de una erección era porque estaba seguro de poder seducirla. Echó atrás la cabeza hasta apoyarla en el hombro masculino y se quedó mirando al vacío con expresión soñadora.
— ¡La vista es fantástica! Eres un hombre muy bien hecho.
— Pero me temo que no estamos en igualdad de condiciones. — susurró él en su oído — Esa camiseta que traes no es precisamente ropa interior.
Valentina sintió la caricia profunda sobre sus caderas y su vientre, y decidió que si él quería volverla completamente loca, entonces ella no tendría ningún problema en parecer una mujer terriblemente necesitada… y nada subyugaba más a un hombre que sentirse necesitado por una mujer.
— Tienes razón. — aceptó cerrando los ojos — No lo estamos.
Con deliberada lentitud de sacó la camiseta por los hombros. Sintió en su espalda desnuda la hoguera en que se había convertido el pecho del italiano, sus brazos rodeándola, sus manos explorando, y el aliento masculino recorriendo su nuca… y entonces no tuvo que fingir, estaba ansiosa y necesitada. Hacía ya mucho tiempo que no compartía su vida con un hombre, y definitivamente ninguno de los hombres con los que había estado emanaba la sensualidad que se desprendía de cada poro de Fabio.
Disfrutó de sus caricias con un gemido. ¿Quién había dicho, después de todo, que no podía disfrutarlo? Solo tenía que mantener su boquita cerrada y no pedirle lo que, más tarde o más temprano, él acabaría haciendo. Arqueó el cuerpo hacía atrás y percibió la erección del hombre contra sus bragas; estaba más que excitado, estaba a punto de perder el control mientras ella se movía para provocarlo. Dejó caer la cabeza hacia adelante, dándole una vista perfecta de su cuello y de sus hombros, hasta que se dio la vuelta para liberarse y lo aprisionó contra la barra de la cocina.
— ¡Por Dios! Nadie había dicho que la tortura estaba permitida.
Fabio habría querido reír, pero Valentina estaba ya jugando con sus labios, con su piel, mordiéndolo con premeditada sensualidad mientras sus manos paseaban, diestras, por sus caderas y sus muslos. Aquella lengua traviesa fue bajando por su abdomen y por un segundo sintió que le fallarían las piernas. Era una bruja, una verdadera bruja, y cuando acarició su latente excitación Fabio tuvo que sostenerse de la barra para no caer. Respirar profundamente no le sirvió absolutamente de nada, cerrar los ojos, apretar la mandíbula… La incursión de aquella chica sobre su cuerpo era un fenómeno imparable ante el que solo cabía una posibilidad: rendirse.
— ¡Valentina…! — casi suplicó cuando ella deslizó una lengua juguetona, sin asomo de timidez, sobre la liviana tela del bóxer.
— ¿Sí, cariño?
— Valentina…
— Dime qué quieres, cariño.
Su tono era sensual y atrevido, pero la frase, tan sencilla en apariencia, fue un golpe para la locura momentánea que se había apoderado de él. Se apartó de ella con un movimiento tan brusco que estuvo a punto de tropezar, y tuvo que luchar por recuperar el equilibrio y el aliento.
— ¡Maldita sea, sí que sabes lo que estás haciendo!
Valentina clavó en él un par de ojos brillantes.
— Por supuesto, querido. ¿Esperabas otra cosa?
Fabio se volvió, negando con vehemencia.
— ¡Eres…!
— Muy buena en el arte de la seducción. — terminó ella con sorna — Sabes que estuviste a punto de pedírmelo.
— Pero no lo hice. — replicó el italiano lanzándole la camiseta — Y no lo haré tan fácilmente, así que vístete.
— ¿Por qué? ¿Te estresa verme así?
— ¡Demonios, Valentina! ¡Vístete!
— ¡Entonces cómprame ropa! O andaremos los dos medio desnudos hasta que el mes termine… y no creo que sea bueno para ti, porque acabamos de comprobar quién es más débil de los dos.
Se concentró de nuevo en su omelet sin ponerse la camiseta.
— ¿Tantas ganas tienes de irte?
— Sí, — murmuró la mujer sin mirarlo — tantas ganas tengo. Así que voy a hacer lo que sea para arrancar esas palabritas suplicantes de tu boca. Considérate advertido.
Y por debajo de toda su determinación, de toda aquella tenacidad, Fabio sintió que su voz desprendía también un poco de dolor.
— ¿Qué quieres que te traiga?
— ¿Cómo?
— De ropa, Valentina. ¿Qué quieres que te traiga?
— ¡Ah! Cualquier cosa que me pueda poner, me da lo mismo… y tres teléfonos descartables.
— ¿Tres? — confirmó él con suspicacia.
— Sí, tres, los necesito, por favor.
— De acuerdo.
La vio terminar de cocinar el omelet, aún en sostén y bragas, y se sorprendió pensando en lo mucho que le habría gustado tenerla así en su cocina cada mañana.
— Valentina.
— ¿Qué?
— Mmmmm… No puedo ir a ningún lado en calzones. — rio él, señalando su semidesnudez con un arqueo de cejas muy sugerente.
La muchacha esbozó una risa descarada sin que la viera. Después de todo Fabio era como un niño grande, y a pesar de la fuerza elemental de su carácter, en ocasiones le salía aquella veta de infante feliz.
— No vas a ir a ningún lado sin desayunar primero. — aseguró empujándolo hacia el comedor mientras se ponía la camiseta — Anda, siéntate que ya está listo.
El abogado permaneció estático por un momento. Más inusual que él desayunando en calzones era Valentina Lavoeu haciéndole el desayuno. ¡Nada menos que Valentina Lavoeu, que no debía haber freído un trozo de beicon en su vida! Se persignó con dramatismo a modo de burla y se sentó a la mesa.
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