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CAPÍTULO 2
Author: Day TorresValentina arrugó el entrecejo, todavía jadeando, pero aquel beso le impidió hablar aún por algunos segundos.
— ¿Viejos conocidos? ¿Qué quieres decir?
La genuina sorpresa en su rostro fue como un golpe de agua fría para el orgullo de Fabio, y sus ojos echaban chispas cuando la apartó de sí. ¡No lo recordaba! ¡Aquella bruja ni siquiera lo recordaba, aunque él había pasado los últimos tres meses teniendo sueños profundamente eróticos con ella y planeando cómo conseguirla!
— ¡Vaya que tienes mala memoria, mujer! ¿Han sido tantos los hombres que te han propuesto llevarte a la cama que no recuerdas a uno más?— la retó casi con desprecio, aunque no estaba muy seguro de querer escuchar su respuesta.
— Tal vez no seas uno de los que me ha interesado particularmente.
¡Oh, eso era más que obvio a juzgar por la forma en que ella lo había tratado tres meses atrás, pero el ego de Fabio no estaba dispuesto a aceptar un golpe como ese.
— O tal vez estabas demasiado ocupada tratando de seducir al novio de tu hermana menor en una disco, justo frente a sus narices.
Valentina abrió sus risueños labios mientras las imágenes pasaban una tras otra por su mente. Con razón aquel hombre le había resultado familiar, pero la adrenalina de su huida no le había permitido concentrarse en él y mucho menos reconocerlo.
Habían compartido quince minutos de conversación en una disco que se inauguraba, cuando una de sus amigas había insistido en presentarle al renombrado abogado italiano que recién llegaba para instalar su bufete en la ciudad. A Fabio le había sobrado un vistazo para prendarse de aquella mujer, y a ella cinco minutos de su franqueza para saber que era un hombre de esos que no van escondiéndose detrás de sus máscaras de caballeros de alta sociedad. Era un hombre único, y también había sido el único que le había dicho, abierta y descaradamente, que deseaba acostarse con ella.
— ¿Di Sávallo?
— Fabio, por favor. — siseó él — No me gusta usar el apellido de la familia para seducir a las mujeres.
— Pues ya una vez lo intentaste conmigo. — rio la muchacha.
— Fue un último recurso, cuando mis dotes de natural sensualidad parecieron no funcionar.
Y entonces Fabio supo por qué Valentina era tan peligrosa: jamás dejaba de sonreír. En el momento en que la había conocido, todas las veces que la había visto de lejos después de esa noche, y a pesar de los diversos estados de ánimo que había experimentado en los últimos minutos, Valentina Lavoeu jamás dejaba de sonreír. Lo había hecho incluso mientras lo rechazaba.
— Sí, Di Sávallo, — le había dicho poniéndole una mano en el hombro — sé que eres increíblemente sexy y asquerosamente rico, pero esta noche estoy detrás de un pez mucho más suculento que tú, y tengo que trabajar rápido si no quiero perderlo.
El desplante había sido tan drástico que Fabio se había quedado anonadado, viéndola irse a hacerle ojitos al recién estrenado prometido de su hermana menor. No era la primera vez que lo rechazaban, por supuesto, las otras mujeres habían aludido a su falta de compromiso y su actitud disipada, pero ella era la primera que lo plantaba literalmente por otro hombre, o mejor dicho, por un pez más gordo, y eso de sentirse el pez chico le había sentado a Fabio como una bofetada.
Entonces la decisión de tenerla se había hecho irrevocable, y se había afianzado más cuanto peor era la opinión que las revelaciones de sus amigos y conocidos lo llevaban a formarse.
Valentina había sido desde su nacimiento una niñita de mamá y papá, rica y consentida, heredera de una inmensa compañía y lo suficientemente independiente como para poder buscar el amor. Sin embargo su elección de matrimonio había sido un hombre casi cuarenta años mayor que ella, dueño de una petrolera y en apariencia, ni muy atractivo ni muy amable.
Dinero, solo se trataba de dinero y Fabio lo sabía, pero lo cierto era que ni el matrimonio ni el dinero le habían durado mucho, porque seis meses después de la boda habían tenido un accidente en el coche, del que el magnate no había logrado sobrevivir y ella había salido seriamente lastimada.
“Lastimada en todos los sentidos” Pensó el abogado recorriéndola con una mirada de deseo, porque el férreo acuerdo prematrimonial la había dejado sin un centavo y a la caza de peces gordos.
— ¿Qué pasa, Fabio? — ella interrumpió su tour visual — ¿Hace tanto que no estás con una mujer que me miras tan desvergonzadamente?
— ¡Oh, no! — rió él cruzándose de brazos— Solo me intriga verte… así. — la señaló de arriba a abajo con el índice y luego se adentró en la casa, dirigiéndose a la barra de la cocina.
Valentina ni siquiera se molestó en levantarse el vestido y lo siguió.
— ¿Así cómo, vestida de novia?
— Ajá.
— ¿Y no eras tú precisamente a quien dejé plantado para ir a seducir al prometido de mi hermana? ¿Por qué te sorprendes?
El abierto desafío hizo que Fabio crispara los dedos sobre el vaso de coñac que acababa de servirse, pero la furia no le llegó al rostro.
— Así fue, pero según he escuchado no lo conseguiste. Leí en el periódico que ese mequetrefe al que tratabas de atrapar está perdidamente enamorado de la pequeña Annabelle. Incluso en la invitación que recibí aparecía su nombre, Valentina, y no el tuyo. Es lógico que no entienda por qué eres tú la que trae el vestido de novia.
Se llevó el vaso a los labios y esperó su respuesta, como siempre, la respuesta de una bruja sonriente.
— Lo traigo porque a mí me queda mejor.
— ¿De modo que finalmente has logrado arrebatarle el novio a tu hermanita? ¿Por qué entonces no te casaste con él?
— Porque no quería casarse conmigo. La prefiere a ella. — Valentina se acercó, le quitó el vaso de la mano y se lo bebió de un tirón — Ese imbécil está encaprichado con Annie.
— Y tú lo quieres para ti. — Fabio hizo aquella afirmación con los ojos entrecerrados, evaluando cada una de las reacciones, pero la mujer parecía hacer lo mismo.
— No lo quiero para mí, pero no quiero que esté con ella.
Él cruzó los brazos a la altura del pecho y echó atrás la cabeza con una risa forzada.
— ¡Vaya, vaya! Eso es el colmo del egoísmo y la maldad. El tipo no te interesa, pero no estás dispuesta a permitir que tu hermana sea feliz.
¿Feliz? ¿Por qué todos pensaban que casarse con aquel hombre, que encima era un completo idiota, podía hacer feliz a Annie? ¿O era que todos los hombres de su círculo pensaban que una mujer debía caer perdidamente enamorada a la vista de un cuenta bancaria?
— Mi hermana no iba a ser feliz con él, no lo quería.
— Y tú lo querías para ti. —reafirmó él — Así que… ¿qué? ¿Te pusiste su vestido, te cubriste con ese grueso velo mientras la mandabas bien lejos y luego saliste corriendo de la iglesia?
— Más o menos. —aceptó Valentina, intentando que aquel tono de evidente desprecio en las observaciones del italiano no la hiriera.
— ¡Ah, eres una mujercita perversa! Eres mucho peor de lo que me imaginaba.
Y ella notó un matiz de oscura satisfacción mientras se le acercaba, como si hubiera esperado eso precisamente.
— ¡No me digas! ¿Y exactamente qué es lo que te habías imaginado?
— Una viudita frustrada, arribista, que se quedó sin un centavo cuando murió su flamante marido — avanzaba hacia ella con peligroso instinto — y que por supuesto ahora necesita un pez más… suculento, para echarse a la red.
Valentina respiró hondo, apoyando la espalda en la pared, atrapada entre esta y el cuerpazo de Fabio Di Sávallo. Sus palabras no la ponían nerviosa, estaba más que acostumbrada a que la gente pensara y dijera cosas de esa índole, pero su cercanía física era otra cosa, una que habría podido quitarle el sueño a cualquiera. Por debajo de la camisa asomaba el pecho bronceado, musculoso y exquisitamente delineado, perfecto para que sus labios lo saborearan a placer…
Alzó la vista y vio que tenía los ojos clavados en ella, con una mirada que vagaba entre la sensación de triunfo, el resentimiento y el desprecio.
— Veo que has recordado muy bien mis palabras, Fabio. — y enseguida su sonrisa se amplió — ¿Qué pasa? ¿Fue demasiado duro para tu ego que prefiriera a otro hombre?
Lo vio dilatar las aletas de la nariz en un gesto de autocontrol, y disfrutó lo indecible con aquel reto verbal.
— No, querida. Las mujeres como tú no hacen mella en mi ego, pero… no me gusta perder. ¡Jamás! Y digamos que entre tú y yo hay pendiente un pequeño conflicto en el que pretendo salir ganando.
Se le acercó mucho más y advirtió las inequívocas señales que esperaba conseguir cuando deslizó un dedo suavemente desde su cuello, bajando por un camino perlado de sudor entre sus pechos. Pupilas dilatadas, respiración superficial, y aquel levísimo temblor en los labios… ¡Oh, sí, Valentina se había excitado hasta con aquella mínima caricia! La había sorprendido ya en dos ocasiones mirándolo, intentando minimizar su propio deseo, y su reacción le provocaba emociones encontradas.
— ¡Maldita bruja desvergonzada! — murmuró a dos pasos de su boca — Lo que de verdad me molesta es que te hayas resistido a mí cuando es evidente que eres una mujer tan fácil.
¡Claro que no! Valentina rio mentalmente, no era fácil. Nunca había sido una mujer fácil, pero Fabio Di Sávallo era otra historia. Aquel cuerpo exudaba confianza en sí mismo, carisma y poder. Nada más conocerlo lo había comprendido, pero tenía cuestiones mucho más importantes que resolver aquella noche que su nefasta atracción por el abogado.
Apoyó las manos sobre su pecho para apartarlo de ella y un ligero escalofrío la recorrió al hacer contacto con su piel, limpia y caliente. Su única defensa contra él era una retirada a tiempo, y puso en ello toda su concentración.
— Entonces, Fabio, creo que ya sabemos los dos a qué nos enfrentamos. Tú eres un donjuán que no acepta un rechazo, y yo soy una chica fácil que no rechazaría a un tipo con dinero… pero sucede que hoy esta bruja desvergonzada tiene la mejor intención de rechazarte, otra vez. Así que con tu permiso…
— No lo tienes. — Fabio la retuvo del brazo con brusca determinación.
— ¿Disculpa?
— No tienes mi permiso para marcharte.
Valentina se limitó a esbozar la más provocativa de las sonrisas.
— Como bien has mencionado antes, Fabio, soy una viudita de veintidós años, no tengo lealtad con nadie, no debo obediencia a nadie, soy libre para hacer lo que me plazca y lo que me place es irme.
— Pues no creo que una persona así de libre deba escapar de tanta gente. Me ha parecido que tu padre era uno de los que corrían detrás de ti y se le veía bastante enfadado. ¿Qué opina él exactamente de tu papel en esta boda frustrada?
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