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Kapitel 1
Elena caminaba por Bay Street. Amaba el pueblo que la vio nacer, pero del que nunca se sintió parte, no realmente. Su vida no era normal y no lo sería aunque quisiera. Cuando trataba de hablar con la gente que estaba cerca, la cosa no funcionaba pues parecía tener un rótulo sobre su cabeza que decía: Soy un fenómeno perseguido por entes demoníacos.
De forma instintiva las personas no se acercaban a ella. Era como si ese radar natural que las personas tienen y que les avisa sobre algún peligro, se activara al estar con ella.
Ya saben cómo cuando una persona entra a un callejón en la noche y de pronto empieza a sentir miedo y una urgente necesidad de correr. De todas formas Elena no les ponía atención. Tenía demasiado que manejar ella misma como para que le importara si la alejaban o no. Elena vivía con miedo, todo el tiempo y constantemente miraba alrededor como esperando que estuviesen ahí por ella. Salir en las tardes y sentarse a observar los barcos anclados en el puerto deportivo, ubicado en el parque Henry C. Chambers le daba paz. A veces bromeaba diciéndose que los demonios nunca la atormentaban si estaba cerca del agua.
Y es que al llegar ahí ni siquiera pensaba en ellos, la conexión parecía cortarse.
Aquella mañana, su última en la ciudad, observó a todos con curiosidad. Envidiaba a aquellas familias que hacían picnics mientras sus hijos jugaban en el parque. Pero aquello no era para ella. Mientras se compraba un café observó a algunas parejas que salían a correr por Waterfront Boardwalk. Todos la miraban de reojo pero no los culpaba. Aunque no dejaba de ser algo raro, casi deseaba desaparecer. El viejo vendedor, un hombre mayor con su piel como el ébano era quizás, su único amigo. No sabían mucho el uno del otro y eso estaba bien.
—Te ves triste hoy.
—Lo estoy. A veces la soledad pesa.
— ¿Crees que esos que corren y sonríen son felices? Escucho cosas, ya sabes.
—Lo sé y envidio su trabajo. Todo el día aquí, mirando este bello paisaje. Desde que tengo memoria le he comprado café, pero nunca le pregunté por su familia.
—No tengo a nadie, chiquilla. Nunca fui conocido por tener un buen genio.
—Así que somos iguales.
— ¿Y tus padres?
—Ya no están conmigo. De hecho dejo la ciudad.
—Vuela lejos palomilla, recuerda no dejarte afectar por la gente que miras aquí. Te miran mal por ser diferente sin encarar la doble vida que llevan.
—Supongo que nadie es feliz realmente.
El vendedor se puso a reír cosa que la hizo sentir mejor. Le dio un café bien cargado cortesía de la casa a modo de despedida y siguió empujando su carrito. Mientras le miraba alejarse pensó que quizás su vida no era tan mala. No parecía tener mucho pero se veía feliz.
De pronto Charles estaba en su mente. Cuando estaba muy abrumada aparecía a darle consuelo.
O al menos la mayoría de las veces.
† ¿Consideras que venir a tomar café en este sitio va a darte la paz que anhelas? No importa cuánto mires el mar, tus demonios personales van a seguir ahí. Estar en esa banca anhelando la vida de otros solo te hace más miserable. Además de lucir patética. Sin ánimos de ofender, claro está.
†Sé que esta banca, que este café no me van a dar la vida que quiero. Pero al menos me dan momentos normales.
†Lo sé, pero te necesito concentrada, debes dejar de lado tu maldita humanidad.
† Soy humana, no lo olvides. Salvo que me mates, nunca la dejaré.
Mientras ignoraba a Charles y se preparaba para abandonar la ciudad, pensaba en todo. Su infierno empezó el día que cumplió 5 años. Una criatura inmensa, de dientes afilados y orejas en punta, estaba a los pies de su cama.
Babeaba en exceso y gritaba cosas sin sentido. Sin embargo junto a la criatura apareció un hombre que clavó una especie de daga en el pecho de la criatura. Pocos segundos después ambos se esfumaron. Sus gritos de terror alertaron a sus padres quienes al escuchar su relato, en lugar de estar asustados parecían felices. Elena quería un abrazo sin embargo su mamá simplemente le dijo que se durmiera pues había cosas que preparar, algo como una especie de celebración porque su “Jefe” iba a ponerse contento.
Los días avanzaban y Elena, aunque recordaba lo sucedido empezó a mezclar recuerdos. Por alguna razón que no entendía, sus papás le dijeron que seguro lo había soñado porque ellos no habían charlado con ella y tampoco sabían sobre su visitante.
Y acabó creyéndoles.
Por suerte nunca más aparecieron criaturas en su habitación, sin embargo en sus sueños sí. Y siempre aparecía su salvador para eliminarlos. Casi parecía haber llegado a ella como un regalo. Había rezado cada noche para que las pesadillas se detuvieran pero no sucedía. Así que había pedido a Dios que le regalara un ángel guardián.
Al inicio se sintió confundida porque quien llegó a ella como regalo, era distinto al que la salvó de la criatura babeante lucía diferente. Parecían dos personas distintas.
Algunas noches después el primer protector—aquel que mató al ser babeante— se presentó a sí mismo como Charles, la acunó entre sus brazos prometiéndole que todo estaría bien y ella, cansada de no tener en quién apoyarse le creyó y empezó a confiar en él. También aprendió a seguir sus instrucciones. Poco a poco la imagen del protector que llegó en sueños hombre se desvaneció de su mente quedando solo Charles.
Algunas semanas después acompañó a su mamá al mercado. Mientras avanzaban por los pasillos observó que una anciana mujer las seguía por todas partes. Aleccionada por Charles sobre sospechar de todo y de todos, trató de ni siquiera mirarla a los ojos. Pero a la anciana parecía ni siquiera importarle el miedo que, evidentemente manaba de Elena. Aprovechando un descuido de Aurora su madre, la anciana la sujetó del brazo y colocó una mano sobre su frente. Luego de algunos segundos, la mujer le dijo que sabía que su nombre era Elena, que era la nacida por segunda vez, también le dijo que era la Elegida.
Aurora, que había avanzado por los pasillos sin percatarse de su ausencia, llegó segundos después y furiosa la sacó del lugar. Durante el verano que cumplió catorce años la criatura colocó una especie de hilo dorado en su cuello consiguiendo cortarle la piel. Luego se transformó en un lobo negro, se fue sobre ella y le rasguñó la espalda. Podría haberla matado sin embargo no lo hizo. Para su asombro e incredulidad, al despertar en la mañana tenía las marcas de las garras. Todo era aterrador pues aquella situación no afectaba únicamente sus sueños.
Unos días antes de cumplir veintiún años, Charles le entregó un collar diciendo que mientras lo llevase puesto la criatura no podría dañarla. Pero el collar fue el causante de que los ataques empezaran a ser más fuertes. Era como sí por la energía del mismo atrajera más criaturas, todas dispuestas a tratar de agarrarlo pero sin embargo la energía del mismo les alteraba y se alejaban furiosas. Algunas noches después de que los ataques se detuvieran tuvo una visita diferente.
Quien se apareció ante ella resultaba bastante intimidante pero no era una criatura cubierta de baba. Este era más similar a un hombre de negocios. Al llegar ante ella no pareció importarle nada más que el collar en su cuello. Se quedó mirándolo fijamente, casi parecía tratar de descifrar algo. El collar empezó a calentarse sin llegar a quemarla y esto causó que la atención de aquel Ser se trasladara finalmente a los ojos de Elena y lo que sea que ella vio en él, la hizo sentir pánico.
—Todos a los que he enviado regresan a mí con las manos vacías. Tienes en tu poder algo que me pertenece y lo quiero de regreso.
De pronto algo se movió detrás de ella, sí se volteaba perdería el contacto visual con su visitante y tenía la clara certeza de que ese Ser, la obligaba a mantener esa conexión. Pero la sensación de urgencia por fijarse fue mayor y deseó no haberlo hecho.
El lobo que la atacó antes, estaba ahí.
Su visitante consideró el que ella cortase el contacto visual con él, una muestra de poder, lo que fue evidente para Elena porque cuando rompió el contacto visual con el lobo y miró de nuevo al visitante, este emitió una especie de jadeo, en su mirada se reflejaba admiración.
Nadie podía romper contacto visual con él si no lo deseaba y ella lo había hecho sin mayor dificultad. Todo debido a lo que tenía en el cuello, un collar cargado con sangre antigua y poderosa y quien se lo había dado era un difícil adversario. Charles y su familia no eran solo cazadores, pertenecían a una familia real, eran la familia real entre los suyos y por esos sus vínculos con los Príncipes del Inframundo era estrecha. Lograr derrotarlos no sería sencillo, porque si ellos necesitasen ayuda, Lucifer, Antón, Asmodeus y Ramiel acudirían en su ayuda y nadie lograba derrotar a los príncipes.
Por el momento sabía sobre las verdaderas intenciones de Charles y no eran nobles, así que nadie alertaría a los Príncipes, el único que podría era Pietro, el hermano de Charles pero este se mantenía aparte. Regresó su mirada a la joven frente a él, alguien demasiado ingenuo que ignoraba todo lo que dependía de ella.
—La sangre del demonio...no entiendo cómo llegó a tu poder algo tan valioso ¿De dónde lo sacaste?
—Alguien me lo dio.
—Ese collar ha estado perdido por Eones. Dime el nombre de quién te lo dio.
Elena aclaró su garganta, estaba realmente asustada y hablar era imposible. Y su falta de respuesta lo encolerizó. Apresuró su paso hasta tomarla por el cuello y apretarlo intentando asfixiarla, pero justo cuando iba a desmayarse apartó su mano como sí se hubiese quemado, luego profirió algunas maldiciones.
—No hace falta que me contestes, solo hay una criatura capaz de hacerlo. Pero él no es honesto. ¿Sabes que te usa? ¿Sabes que eres solo un cuerpo, el recipiente de su amada?
Aquello no lo esperaba, Elena se quedó en silencio durante lo que pareció ser una eternidad. Las facciones de la criatura comenzaron a desfigurarse. Obviamente detestaba no ser capaz de compelerla. El impulso de escapar era cada vez más fuerte y el olor nauseabundo que manaba de él, la hacía sentir enferma. ¿Se enojaría mucho si le vomitaba encima? ¿Y qué era eso de ser un recipiente? Su aspecto mostraba a un depredador en su máximo esplendor, era increíblemente intimidante. De pronto algo cambió, su voz estaba intentando doblegarla. Casi cayó de rodillas ante tal poder. Enviaba una orden fuerte pero ella lo estaba logrando, no iba a ceder.
—Vas a quitarte ese colgante, Elena.
—No...
— ¡Jamás vuelvas a retarme o tus padres pagarán por tu insolencia!
— ¿Mis padres?
—Sí, ahora entrégame el maldito colgante.
Cuando creyó que iba a ceder, Charles apareció en su mente. Trataba de darle paz, de reconfortarla pero era inútil.
†Lucha Elena. Estoy a tu lado, no te dejaré.
† ¿Por qué no vienes, Charles? No puedo acabar con él.
† Eso es lo que quiere, asustarte. Ha creado una especie de campo de energía con el que te tiene atrapada, deberás enfrentarlo sola.
Alguien más se unió a Charles por un enlace mental y Elena tuvo claras tres cosas: Aquella presencia era poderosa, realmente poderosa. Se comunicaba pero nadie lo detectaba, ni siquiera Charles a pesar de estar en su mente también. No debía decirle nada a Charles.
† ¿Quién eres?
† Un amigo. Concéntrate Elena. Serás capaz de resistir.
† No…él es más fuerte que yo.
† De ser así estarías muerta.
† ¿De verdad?
† Sí, tan solo te hace sentir así para que le temas. Su poder es el ilusionismo.
† Trataré de mantener la calma.
† Estoy contigo
La nueva presencia era reconfortante y le dejaba la sensación de una paz que no pensó ser capaz de sentir en momentos así. De pronto volvió a la realidad, aquel Ser la miraba con impaciencia.
— ¿Y bien, Elena? Dame el maldito colgante de una vez
—No.
— ¿Cómo dices?
—Dije que no.
Cuando la criatura comenzó a brillar sintió miedo, pero ni siquiera intentó correr. ¿Qué ganaría con eso? Sus piernas estaban inertes y por más que les pedía que colaboraran, parecían no escuchar. La criatura asestó un golpe, enviándola al suelo.¡Vaya mierda! Pensaba Elena, aquello había dolido como el infierno.
Levantó la vista y no encontró a su atacante. ¿Dónde demonios estaba? —se dijo a sí misma mientras trataba de ponerse de pie. La mejilla empezaba a inflamarse y aquello la asustó. — La tierra empezó a temblar, sabía de alguna forma que estaba atrapada en una de sus pesadillas, pero eso no evitaría que saliera herida. Su verdugo apareció ante ella, tan rápido que parecía un destello de luz. Levantó su mano y comenzó a crear una esfera brillante.
Escuchaba a Charles gritándole, la otra voz se le unía. Todo era supuestamente una ilusión y dolería únicamente si creía en ella. Pero se encontraba sola, así que cuando la luz la envolvió el pánico la dominó, lo que mezclado con la ira provenientes tanto de Charles como del otro ser en su cabeza, se creó un caos total. Su cuerpo se estaba quemando, sus gritos eran ahogados por el sonido de las llamas, mientras consumían todo a su paso, incluyéndola. Elena pensaba que al fin y al cabo, aquel acabaría siendo su final y parecía resignada a ello.
Después de sentir un dolor indescriptible, no experimentó sensación alguna. ¿Había tenido suerte quizás? ¿Estaría muerta al fin? Segundos después aquel bosque teñido de rojo y en llamas desapareció, dando paso al frío de la noche. En su cuerpo no había llagas, pero le dolía muchísimo, era demasiado real e intenso para ser una ilusión.
Pero... ¿cómo podría saberlo realmente? Al fin y al cabo su subconsciente continuaba diciéndole que todo era una pesadilla y en esos momentos era a lo único que podía aferrarse para mantenerse luchando. Su corazón iba a mil por hora pero si dejaba que el pánico siguiera a cargo, nunca podría escapar.
Se puso de pie y se limpió las manos sucias en su pantalón, se acomodó un poco la ropa e inició su camino a la salida. No sabía a dónde ir pero quedarse quieta no era una opción. Por momentos sentía paz, su cabello rebelde que llegaba casi hasta media espalda estaba sucio y despeinado. Así que trató de rehacer la coleta que llevaba. Parecía absurdo preocuparse de cosas como su cabello, pero si debía correr de nuevo, solo le estorbaría. Además el dedicar unos segundos a algo tan simple la hacía sentir que era una humana de caminata por el bosque. Pensaba en sí misma como una especie de senderista extraviada.
Una criatura similar a un humano pero con no más de un metro de altura, estaba fumando un cigarrillo. ¿Absurdo? Quizás, pero nada en sus sueños tenía algún tipo de sentido. Se acercó a él, principalmente porque estaba en la mitad del camino, pasar a su lado parecía inevitable. Además no se veía peligroso o eso esperaba. Al estar justo a su lado este levantó la mirada, pasó de la confusión a la alegría. Al verlo de cerca notó que era bastante apuesto, ojos color miel, cabello rubio pero…las puntas del pelo eran azules.
— ¡Al fin otro ser vivo! ¿Tendrás una cerilla? Gasté la última en este cigarrillo y no sé dónde conseguir más.
—No tengo una cerilla. ¿Llevas mucho tiempo aquí?
—En tiempo real no lo sé, acá todo avanza de forma distinta. Pero parecen ser siglos y quizás lo sean…o quizás no.
— ¿Quién eres?
—Soy una especie de guardián de los elementales.
—Pero pareces más interesado en fumar y charlar, que en estar alerta.
—No dejes que mi apariencia te engañe. Lo que pasa es que por acá no pasan muchas criaturas. Es uno de esos lugares en los que por ejemplo, un humano como tú no se manifiesta de forma corpórea.
— ¿Cómo sabes que soy humana?
—No te ofendas pero tienes cierta pestilencia.
— ¡Pestilencia! —Disimuladamente Elena trató de olerse a sí misma pero no sentía mal olor—
—No te ofendas, no es personal. Además en general solo vemos motas de energía. Y no te huelas, la pestilencia no es tuya sino de tu raza.
— ¿Motas de energía?
—Los humanos a veces me desesperan. La energía de un humano es de aspecto similar a las Orbes. Los adultos son de color blanco y si son niños los vemos en colores. Vienen acá pues toda criatura debe recargarse de la energía del universo. ¿A veces sueñas con gente que no conoces? Eso es porque la energía de ambas personas coincide acá, sus orbes se rozan.
— ¿Y esa persona sueña lo mismo?
—No tendrán ambos el mismo sueño pero quizás parte de sus memorias tocan las tuyas y crean los sueños.
— ¿Sabes a dónde debo ir si quiero salir de aquí?
—No. Técnicamente el bosque construye las rutas. Es decir que sin importar la dirección, nunca llegarás a una salida pues simplemente no la hay. Si el bosque así lo quiere, este te dejará hacerlo.
—Pues en mi caso esto no es un sueño cualquiera. Los que me siguen me llaman la nacida por segunda vez. Y estoy escapando de quien me quiere muerta.
—Eres la caminante.
—No entiendo.
—Quien sea que te instruye y sé que alguien lo hace pues no estarías viva de no ser así, realmente apesta. Solo pocas personas caminan en sueños. En mis tierras se decían leyendas sobre ti. Te hemos esperado por demasiado tiempo.
—Me han enseñado a pelear pero no creo que sirva aquí. Soy Elena.
—Mi nombre es Blu. Pero sin E al final.
Elena no pudo evitar mirarle el pelo y Blu rio algo apenado.
—Mi madre no fue muy creativa, por eso decidió que sonara como el color pero que no se escribiera así.
— ¿Qué edad tienes?
—Me veo como de 30 años pero tengo en realidad más de 1500. Y aunque mi nombre no me da un aire imponente mi gente me respeta.
Elena se le quedó mirando tan fijamente que fue capaz de hacer que Blu, una criatura que había visto tanto y que había lidiado con situaciones peligrosas sin siquiera parpadear, se ruborizara.
—Niña, tienes la horrible habilidad de hacerme sentir incómodo. Deja de mirarme así.
—Lo lamento, es que no entiendo por qué los humanos envejecemos y morimos. Todas las criaturas que me rodean tienen cientos o miles de años y se ven realmente jóvenes. Además de que no mueren fácilmente.
—Bueno, no puedes medir o comparar la edad con tu raza. Los humanos son de las criaturas menos longevas que hay. Pero te diré que el secreto está en este bosque. Si los humanos comprendieran que vienen de la energía, que al morir esa energía regresa al universo y que no envejece, entonces empezarían a meditar.
—A ser uno con el todo, con la energía.
—Exacto, los humanos rejuvenecerían con el mismo poder del cosmos.
—Increíble. ¿Y haces esto por gusto? Lo de vigilar, digo.
—No suenes tan horrorizada, ser guardián es un honor exclusivo de los miembros de mi familia. Me faltan unos 300 años más. Luego mi hermano Gray tomará mi lugar.
— Así que Gray. ¿Y su pelo es….?
—Sí, su pelo es gris. Ya te dije que mamá no es muy creativa. Vengo de un lugar llamado El Valle de los Druidas. Deberías ir a visitarlo.
—Me encantaría pero no sabría cómo ir.
—Me preocuparía sí lo hicieras. Voy a darte una pulsera. Cuando quieras que charlemos di mi nombre tres veces.
Elena miraba la pulsera con atención, era tejida y con una piedra lunar en el centro. Solo que cuando Blu se la colocó, esta desapareció. Y el desconcierto en su rostro parecía divertir a Blu.
—No, simplemente es energía. Por nuestra seguridad debe ser así. Ninguna criatura salvo Gabriel, es capaz de verla. Recuerda, mi nombre tres veces.
— ¿Así de sencillo?
—Si. Cada Druida puede darla una sola vez.
—Guárdala para alguien especial.
—Eres especial, pero aún no te das cuenta.
— ¿Quién es Gabriel?
—El ejecutor. Una especie de juez y verdugo. Quien mantiene cierto orden. Y él es tú…
De pronto el paisaje cambió, de estar en un hermoso pero macabro bosque, pasó a estar en algo que parecía ser una playa. Blu ya no estaba y sintió la tentación de llamarlo. Pero no quería ponerlo en peligro. Mirando alrededor comprendió que allí no tenía sitio para ocultarse. Su verdugo estaba ahí y la balanza no estaba a su favor, no realmente.
—Ríndete, Elena...
—Nunca.
Sentía frío, intentaba calentarse frotando enérgicamente sus brazos, pero resultaba ineficaz. Cada vez que daba un paso para alejarse él ya estaba a su lado, listo para golpearla. Era brutal, veloz, potente y capaz de adivinar cada uno de sus movimientos. Algunas veces la dejaba alejarse, casi parecía un gato cazando un ratón.
En cada paso sus pies descalzos eran perforados por diminutas y afiladas piedrecitas, pero el miedo le brindaba la energía necesaria para continuar huyendo.
Llegó al final de la playa y observó frente a ella una montaña. Quizás si escalaba y llegaba a la cima encontraría la salida al otro lado. Después de horas de un descomunal esfuerzo logró llegar. Pero al caminar se dio cuenta que no había nada. Empezó a retroceder, sin quitarle los ojos de encima.
Llegó un punto dónde no pudo moverse más, estaba al borde del acantilado. Cada que movía los pies, piedras se soltaban del suelo y caían al mar. Charles no estaba cerca, no parecía poder ¿o querer? ayudarla. ¿Acaso sería que había muerto? ¡No! seguramente lo vería pronto— se decía a sí misma—
Su atacante estaba de nuevo frente a ella, solo que se hacía acompañar del lobo negro, el cual mostraba furioso sus dientes.
—Hola Elena, ¿lista para morir?
— ¿Por qué yo?
En ese momento quizás no fue lo mejor que pudo haberle dicho, pero necesitaba ganar tiempo, Charles tenía que encontrarla; debía seguir vivo.
— ¡Siempre haces la misma pregunta! Jamás permitiré que vivas, pones en peligro todo por lo que se ha trabajado. Lo sucedido hace unos minutos no es nada en comparación con las torturas que te esperan, llámalo "juegos preliminares", si así lo deseas.
—Nada va a impedir mi muerte, eso lo sé, pero ten por seguro que Charles me vengará.
— ¿Tu estúpido guardián? Hummm... estás muy segura, pero no lo veo por aquí, quizás ya no resultas útil para sus propios fines.
—Él nunca me dejaría...
—Elena…mi dulce humana, el amor es un simple sentimiento mortal al que nunca deberías aferrarte, no me mires así, la prueba está justo frente a ti, Charles ya lo ha hecho, te ha abandonado. Comprende... acepta mi verdad, doblégate...
Él la miraba fijamente y sintió tanto miedo que retrocedió un paso. Más piedras caían, si Charles no aparecía moriría.
— ¿Te gusta mi amigo? Su nombre es Mikael y es mi mejor adquisición he de decirte. Tengo poder Elena, únete a mí y sé inmortal.
De pronto, Charles apareció a su lado. Verlo dispuesto a luchar por ella la llenó de una emoción tan inmensa que era casi irreal. El desconcierto se reflejó claramente en su enemigo aunque logró disimularlo en segundos. Charles la sujetó de los hombros y le dio una rápida revisión. Luego la abrazó y transportó de nuevo al bosque. Seguía en sus sueños pero le daba lugares para esconderse en caso de ser necesario. ¡Y Zapatos!
Después la colocó detrás de él para protegerla. El Ser que la atormentaba sabía de las intenciones de Charles con la humana, la necesitaba viva para ser la salvadora. Y aunque estaba convencido de que jamás nadie podría derrotarlo, no deseaba correr riesgos. Debía matar a Elena y luego al que se hacía llamar Líder del Mundo Místico.
—Charles, un honor tenerte en nuestra pequeña reunión. Ya le he dicho a tu humana que no vas a ayudarla, que la has abandonado.
Charles dirigió su atención a Elena, necesitaba que ella le creyese a él.
—No lo oigas, Elena. Sabes que siempre estaré a tu lado, ahora escúchame, ¡vete! Yo me encargaré de él, márchate lejos.
Cuando empezaron a luchar, Elena no se alejó. No importaba cuantas veces se lo pidiera Charles, no iba a abandonarlo. Siempre era igual y si iba a morir lo haría peleando. ¿Sino para que la había entrenado durante casi toda su vida?
—No puedo irme, Charles. Estoy harta de verte librar mis batallas, si alguien debe morir, esa soy yo.
— ¡Escúchame!, debes ponerte a salvo...
—No.
—¡¡¡Maldición!!!
— ¡No puedo!...
Una luz brotó de Elena y alcanzó a su atacante quien ante tal poder, decidió alejarse y liberarla de la pesadilla. Él no esperó aquello por eso ella logró herirlo. No podía seguir subestimando a aquella humana.
Charles miraba todo con asombro ¿y orgullo? De pronto algo comenzó a succionarla lejos del lugar. Siempre sucedía igual. Antes de desvanecerse lo escuchó.
—No temas, pronto nos encontraremos, tu vida corre peligro y debes dejar Carolina del Sur, ve a Yellowknife en Canadá, sólo allí estarás segura.
Y de todo lo que podía preguntarle a Charles antes de desaparecer, acabó preguntando sobre dinero.
— ¿Cómo voy a pagar mis tiquetes?
—No te preocupes por eso. Cuando pidas cosas te las darán. Los humanos van a tener en mente la idea de que pagas por tus cosas. Y otra ventaja que tienes es que nunca aparecerás en cámaras de seguridad. Puedes entrar y salir sin problema.
—Aunque es tentador, eso es robar. E ilegal si miras lo de las cámaras. Nunca saldré del país de forma clandestina.
—Piensa que el universo te lo debe. Si no lo vas a hacer al menos no lo olvides. Si en algún momento tu vida peligra y debes huir y no tienes tus documentos de identificación contigo, usa este poder.
—Desde que soy atacada en sueños y cosas raras se me manifiestan como reales, siempre llevo conmigo un bolso con mis documentos.
—Eres realmente lista, Elena. Eso te mantendrá con vida.
Al abrir los ojos comenzó a inspeccionar todo a su alrededor. Casi esperaba que la atacaran, pero todo estaba igual que antes de dormir. Charles le había dicho que abandonara la ciudad y huyera a Canadá.Aunque todo era solo una pesadilla no podía evitar sentir preocupación por el peligro en que se encontraba. En ese momento no lo entendía ya que todo sucedía solo en su mente. Decidida a gastar su tiempo en algo que le diera información, decidió buscar sobre demonios.
Descubrió que habitan en un lugar llamado Bajo Astral, perteneciente a uno de los siete cielos.Encontró una mención a Príncipes del Inframundo, con nombres y todo. Al principio consideró todo una completa locura, es decir... ¿Siete cielos?... ¿Bajo Astral? ¿Príncipes en el Inframundo?
Pero después de tantas visiones y las marcas cada vez más acentuadas, quizás aquello no estaba del todo mal, al menos era algo en lo que podía creer y con lo que encontraba una explicación más lógica.
Durante aquellos años vivía en Beaufort, Carolina del Sur con sus padres, se consideraba una persona tímida, no tenía amigos o al menos no a alguien a quien llamar —mejor amigo—Las pijamadas dónde gritaba, su actitud de sentirse siempre observada…aquello le otorgó el título de la rara.Nunca la agredieron físicamente pero las burlas dolían. Sin embargo no tenía interés en esforzarse. Entre menos gente supiese sobre su vida, mejor. Ocasionalmente charlaba con sus compañeros en los recesos pero no más que eso.
Tampoco se interesó en ningún hombre, ninguno le hacía sentir mariposas y era lógico. Al inicio durante su adolescencia tuvo un enamoramiento por Charles pero acercándose a la edad adulta, casi llegando a sus 20 dejó eso atrás. No solo era raro sino que por alguna extraña razón, no acababa de confiar en él.
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